El día había sido largo, pero Mochi logró salir victoriosa en su batalla contra el sue?o.
—?Qué tal tu primer día? —preguntó Ami mientras se acercaba con una sonrisa amistosa—. ?Te gustó la universidad? Es una lástima que las actividades después de clases se hayan cancelado por… ya sabes, esta terrible situación. Si no fuera así, te llevaría a dar un recorrido por todos los clubes y actividades. Incluso intentaría convencerte de unirte a nuestra compa?ía de teatro estudiantil —a?adió con un gui?o juguetón.
—Vamos, Ami, se nos hará tarde —intervino Sam desde unos pasos más atrás—. Nos vemos ma?ana, Noa.
—Sí, Sam me llevará a ver una película —respondió Ami, y luego se inclinó hacia Mochi para susurrarle al oído—: Además, un amigo en común me dijo que hizo una reservación en un restaurante caro para esta noche.
—Ohhh, ya veo… pásalo bien —dijo Mochi con una sonrisa pícara, devolviéndole el gui?o.
Ami soltó una risita y se alejó junto a Sam, mientras Mochi se dirigía hacia la salida del campus. Allí, junto a la puerta principal, la esperaba Miyu.
Zeke las había contactado a ambas poco antes para pedirles que se reunieran al salir. Les había enviado la dirección de una tienda de ramen a unas pocas calles de la universidad.
—Sempai, ?sabes por qué eligió una tienda de ramen? —preguntó Miyu, ladeando la cabeza.
—No lo sé… conociendo a Zeke, probablemente sea porque está cerca… y porque tiene hambre —respondió Mochi, encogiéndose de hombros—. Aunque ahora que lo mencionas… también me dieron ganas de comer un tazón de ramen.
—Jejeje, yo igual, sempai.
Cuando llegaron a la tienda, el olor intenso del caldo recién preparado y los fideos hirviendo en grandes ollas las envolvió de inmediato. Encontraron a Zeke sentado en una mesa del fondo, ya con un tazón medio vacío frente a él.
Los tres compartieron una buena comida mientras se ponían al día con la información que habían logrado recolectar. Lamentablemente, ninguno había hecho un avance significativo.
—No se preocupen, tampoco era realista esperar conseguir algo sustancial el primer día —comentó Zeke con tranquilidad, levantando la mano para llamar la atención de la mesera—. Durante el día intenté investigar el lugar donde ocurrió el suicidio grupal, pero no pude entrar… estaba cerrado. Con tanta gente entrando y saliendo de los edificios, colarme habría sido arriesgado. Si me descubrían, complicaría mucho las cosas… Gracias, linda —a?adió, dedicándole una sonrisa amable a la mesera cuando le trajo su tercer tazón de ramen.
Tomó un sorbo del caldo antes de continuar:
—?Alguna de ustedes tiene problema en quedarse hasta tarde hoy?
—Por mi parte no tengo ningún problema —respondió Miyu, dejando caer los palillos sobre el cuenco vacío tras terminar su primer tazón.
—Tampoco tengo problemas con quedarme más tiempo. Mis padres volverán a trabajar hasta tarde hoy —a?adió Mochi, encogiéndose de hombros.
—Perfecto —exclamó Zeke con una sonrisa—. En cuanto terminemos aquí, volveremos al campus para poder investigar sin ser molestados.
—Pero está cerrado en este momento… ?acaso nos colaremos? —preguntó Mochi, inclinándose hacia adelante con un brillo travieso en los ojos. La idea de colarse de noche en la universidad le resultaba extra?amente emocionante—. ?Cómo lo haremos?
—No te preocupes por eso, ya lo tengo solucionado —dijo Zeke, apoyando los codos en la mesa e inclinándose hacia ellas con aire misterioso.
This tale has been unlawfully lifted from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere.
* * *
Una hora más tarde, los tres estaban frente a la entrada principal del campus. El sol se había ocultado por completo y las calles estaban desiertas. El gran portón de rejas, cerrado y firme, impedía el paso.
Zeke sacó su teléfono y envió un mensaje rápido. No pasó mucho antes de que una silueta emergiera desde el interior del campus: era el guardia de seguridad, que avanzaba hacia ellos iluminando el camino con una linterna. Sus pasos eran tranquilos y pausados.
Al llegar frente a ellos, sacó con calma un manojo de llaves y abrió el portón. Luego buscó en el bolsillo de su camisa y extrajo una tarjeta de seguridad, que entregó directamente a Zeke.
—Esta tarjeta te permitirá abrir todas las cerraduras electrónicas del campus. Las cajas de seguridad y los armarios usan llaves normales, y esas las tienen los profesores, así que tendrás que apa?ártelas tú mismo —explicó en voz baja —. Tómate tu tiempo para buscar. Aparte de mí, no hay nadie más en el campus. Ah… y avísame cuando terminen. Yo me encargaré de borrar las grabaciones de las cámaras de seguridad.
Sin esperar respuesta, el guardia se dio la vuelta y regresó al interior, perdiéndose en la penumbra.
—Zeke… ?cómo conseguiste que el guardia nos ayudara? —preguntó Mochi, entre curiosa e impresionada.
él soltó una peque?a risa y contestó simplemente:
—Eso es un secreto.
* * *
El grupo cruzó el portón y avanzó hacia el interior. De noche, el campus parecía otro lugar. La cálida y activa atmósfera diurna había sido reemplazada por una inquietante quietud. El silencio envolvía cada rincón, roto únicamente por el susurro del viento y el crujir de las ramas de los árboles meciéndose con el viento.
La temperatura había descendido, algo normal para esa época del a?o, las noches de oto?o suelen ser frescas. Sin embargo, Mochi sintió que, en el instante en que cruzaron el portón, el aire se volvió aún más frío… como si hubieran atravesado una frontera invisible.
—?Por dónde empezaremos a revisar? —preguntó Mochi. El silencio que los envolvía le resultaba incómodo.
—Nuestra primera parada será el teatro donde ocurrió el suicidio grupal. A partir de ahí veremos —respondió Zeke, con tono firme.
Al llegar a la puerta principal, Zeke apoyó la tarjeta contra el lector. Un pitido agudo sonó, seguido por el chasquido seco de la cerradura liberándose. Empujó las puertas y entró primero.
Avanzaron juntos por los pasillos oscuros, iluminando el camino únicamente con las linternas de sus celulares. El interior estaba sumido en una oscuridad muy densa, y encender las luces no era opción: alguien del vecindario podría notarlo y llamar a la policía.
Llegaron frente al teatro. Las puertas estaban cerradas y una cinta policial amarilla bloqueaba la entrada. Zeke volvió a pasar la tarjeta y la cerradura cedió. Con una mano levantó la cinta, mientras con la otra hacía un gesto cortés.
—Primero las damas.
Miyu y Mochi intercambiaron una mirada rápida antes de entrar. Miyu fue la primera en agacharse para pasar por debajo de la cinta, seguida muy de cerca por Mochi.
El aire dentro era denso y sofocante. Mochi percibió de inmediato el olor del hollín y la ceniza, impregnando cada rincón. A medida que avanzaban hacia el escenario, un aroma mucho más perturbador se mezcló en el ambiente: el penetrante hedor de carne quemada y chamuscada.
Miyu y Zeke no parecían notarlo, pero Mochi, como Catsith, tenía un sentido del olfato mucho más agudo. La náusea le golpeó de golpe y, como acto reflejo, se cubrió la nariz con el antebrazo.
El escenario y las primeras filas de butacas mostraban las huellas claras de un incendio voraz. La tarima de madera estaba ennegrecida, agrietada y deformada; las tablas levantadas parecían retorcerse como si intentaran huir de las llamas que las devoraron. En el techo, las lámparas eran apenas cascarones de metal con cables derretidos colgando. Las butacas de terciopelo habían sido reducidas a esqueletos de hierro cubiertos por jirones de tela carbonizada.
Un escalofrío recorrió la espalda de Mochi, y el estómago se le revolvió con una sensación pesada y amarga.
—Sempai, ?estás bien? Te ves pálida —preguntó Miyu, acercándose para posar una mano en su hombro.
—Estoy bien… solo necesito un segundo —respondió Mochi, tratando de recomponerse.
—Si quieres, puedes salir a tomar un poco de aire. Pero cuanto antes te acostumbres a este tipo de escenas, mejor será para ti. Después de todo, en nuestro trabajo veremos cosas peores —comentó Zeke con voz seria.
Mochi asintió. Apelando a toda su fuerza de voluntad, decidió quedarse. Los tres comenzaron a inspeccionar el lugar con calma. Sabían que las pistas que buscaban no serían físicas; si lo fueran, la policía ya las habría encontrado. Ellos estaban tras rastros de éter, por minúsculos que fueran, que pudieran guiarlos hasta la anomalía.