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Already happened story > El hilo de oro [Spanish] > CAPÍTULO 4: LOS HUÉSPEDES DEL OLVIDO

CAPÍTULO 4: LOS HUÉSPEDES DEL OLVIDO

  I

  Kael despertó con el peso de alguien apoyado en su hombro.

  Era Ula. La ni?a respiraba con dificultad, entrecortada, y su frente, cuando Kael la tocó, ardía como una brasa peque?a. La fiebre no había cedido. En la penumbra del refugio, iluminada apenas por las velas que Eder mantenía encendidas noche y día, la cara de Ula parecía de cera, demasiado pálida, demasiado frágil.

  —No se mejora —dijo una voz a su izquierda.

  Kael giró la cabeza. La mujer del bebé lo miraba desde su rincón. Tenía los ojos hundidos, enormes en una cara que parecía consumirse día a día. En sus brazos, aquello que Kael había tomado por un bebé envuelto en trapos seguía ahí, inmóvil.

  —?No hay medicina? —preguntó Kael.

  —No hay nada —respondió ella—. Aquí no hay nada. Solo lo que encontramos. Y lo que encontramos casi siempre es basura.

  Kael miró a Ula. Recordó la noche anterior, cuando ella había salido a buscarlo a pesar de la fiebre. Recordó su abrazo, sus palabras: "Eso que tienes dentro, eso es lo que te va a salvar."

  —Tiene que haber algo —dijo—. No puede morirse. Ella... ella me salvó.

  La mujer del bebé no respondió. Solo siguió meciendo aquel bulto, con un movimiento hipnótico, eterno.

  II

  Eder apareció poco después, arrastrando la pierna rota. Traía algo en la mano: un trozo de tela empapada en agua sucia.

  —Ponle esto en la frente —dijo, tendiéndoselo a Kael—. No cura, pero alivia.

  Kael obedeció. Ula, al sentir el fresco, se removió y murmuró algo ininteligible.

  —?Cuánto tiempo lleva así? —preguntó Kael.

  —Desde antes de que tú llegaras —respondió Eder, sentándose con esfuerzo—. Ella es fuerte. Más fuerte que todos nosotros juntos. Pero la ciudad desgasta. Desgasta hasta a los fuertes.

  —?Y los otros? —Kael se?aló con la cabeza a los ni?os peque?os, acurrucados juntos en otro rincón—. ?Ellos también están enfermos?

  —No. Ellos solo tienen hambre. Y miedo. Y eso, aquí, es lo mismo que estar enfermo.

  Kael observó a los ni?os. Eran dos, un ni?o y una ni?a, tan parecidos que debían ser gemelos. Tendrían seis o siete a?os. Compartían una manta raída y se miraban el uno al otro con una intensidad que pareía contener el mundo.

  —?De dónde vinieron? —preguntó.

  —Cayeron juntos —dijo Eder—. Hace un a?o, quizá dos. Vinieron agarrados de la mano. Literalmente. Tuvimos que separarlos para limpiarlos y casi se mueren del terror. Desde entonces no se sueltan. Creo que son lo único que tienen.

  Kael sintió un nudo en la garganta. Recordó, sin querer, la mano de Lúa agarrada a la suya cuando eran peque?os. Recordó la sensación de esa mano peque?a, confiada, caliente.

  —?Y no recuerdan nada? ?De antes?

  —Nada. A veces, cuando duermen, murmuran palabras que no entendemos. Nombres que no son de aquí. Pero al despertar, no recuerdan ni eso. El olvido, en los ni?os, es más rápido. Y más piadoso.

  —?Piadoso?

  Eder lo miró con sus ojos viejos, llenos de una sabiduría que dolía.

  —Imagina recordar un hogar al que no puedes volver. Imagina recordar una madre a la que no volverás a ver. Los ni?os que recuerdan eso se vuelven locos. O se mueren. El olvido los protege. Pero también los vacía.

  Kael se llevó la mano al pecho, donde el hilo de oro seguía brillando.

  —Yo no quiero olvidar —dijo.

  —Lo sé —respondió Eder—. Por eso sigues aquí. Por eso sigues siendo tú.

  III

  Esa tarde, el chico flaco volvió.

  Se llamaba Nil. Kael lo recordaba de la primera noche, cuando llegó al refugio y lo vio en una esquina, con los ojos vacíos. Había salido dos días antes a buscar comida y medicina, y no había regresado. Todos lo daban por perdido.

  Pero volvió.

  La puerta se abrió y Nil apareció en el umbral, tambaleándose. Estaba peor que cuando se fue. Más flaco aún, si eso era posible. La ropa hecha jirones. La cara surcada por ara?azos recientes. Y en los ojos, algo que no estaba antes: un brillo extra?o, casi fiebre, casi locura.

  —Nil —dijo Eder, incorporándose—. Muchacho, ?dónde...

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  Nil no respondió. Cruzó la habitación como un autómata y se dejó caer en su rincón, junto a los gemelos, que se apartaron asustados. Se abrazó las rodillas y empezó a mecerse, adelante y atrás, adelante y atrás.

  La mujer del bebé lo miró un momento y luego volvió a su mecer eterno. Como si nada hubiera pasado. Como si Nil fuera solo una sombra más entre las sombras.

  Kael se acercó con cautela.

  —Nil —dijo—. ?Qué pasó?

  Nil tardó en responder. Sus ojos tardaron en enfocar. Cuando lo hicieron, miraron a Kael con una mezcla de reconocimiento y algo que parecía vergüenza.

  —Me encontraron —susurró—. Los coleccionistas.

  Kael recordó lo que Eder le había contado. Los coleccionistas. Los que compraban recuerdos.

  —?Te hicieron da?o?

  Nil soltó una risa seca, sin alegría.

  —Da?o... No. Peor. Me ofrecieron un trato.

  —?Qué trato?

  Nil se se?aló la sien.

  —Mis recuerdos. Todos los que me quedaban. A cambio de comida. De medicina. De un lugar donde dormir sin miedo.

  Kael sintió que la sangre se le helaba.

  —?Y... los vendiste?

  Nil lo miró. En sus ojos, aquel brillo extra?o era ahora una llama peque?a, moribunda.

  —Vendí la cara de mi madre —dijo—. Vendí el nombre de mi hermana. Vendí el olor de la tierra después de la lluvia en el lugar donde nací. Vendí todo. Y ahora... ahora no sé quién soy.

  Se echó a llorar. Pero era un llanto seco, sin lágrimas, como si ni siquiera eso le quedara.

  Kael no supo qué decir. Se quedó ahí, paralizado, mientras Nil se deshacía en silencio.

  Entonces Ula, desde su catre, con la voz rota por la fiebre, dijo:

  —Nil... yo me acuerdo.

  Nil levantó la cabeza.

  —?Qué?

  —Me acuerdo de lo que me contaste una vez. Cuando llegaste. Dijiste que venías de un lugar con monta?as azules. Dijiste que tu madre hacía un pan que olía a cielo. Dijiste que tu hermana se llamaba... se llamaba...

  Ula calló, agotada. Pero Nil la miraba como si ella acabara de resucitarlo.

  —Iria —susurró—. Mi hermana se llamaba Iria.

  Y por primera vez desde que entró, sus ojos dejaron de estar vacíos.

  IV

  Esa noche, Kael no durmió.

  Se quedó velando a Ula, cambiándole el pa?o en la frente, escuchando su respiración agitada. A su alrededor, los otros dormían o fingían hacerlo. Nil, en su rincón, repetía en voz baja el nombre de su hermana, una y otra vez, como una oración. Iria, Iria, Iria. Como si temiera olvidarlo otra vez.

  Los gemelos se habían acurrucado aún más cerca el uno del otro. La mujer del bebé seguía meciendo aquel bulto, con los ojos abiertos en la oscuridad. Y Eder, sentado junto a la vela, miraba a Kael con una atención silenciosa.

  —No puedes salvarlos a todos —dijo Eder, en voz baja.

  —Lo sé.

  —Pero lo intentas. Eso ya es algo.

  Kael negó.

  —No intento nada. Solo estoy aquí.

  —Estás aquí. Y eso es más de lo que muchos hacen. La mayoría, cuando caen, solo piensan en ellos mismos. En cómo sobrevivir. En cómo no morir. Tú, en cambio, ya has mirado a los otros. Ya has visto su dolor. Eso, en este lugar, es casi un milagro.

  Kael recordó las palabras de su padre, a?os atrás, en el faro: "Lo que hace a una persona no es lo que tiene, sino a quién elige cuidar."

  —No sé cuidar a nadie —dijo—. Ni siquiera sé cuidarme a mí mismo.

  —Eso se aprende —respondió Eder—. Como todo lo importante. Se aprende cayendo, equivocándose, levantándose. Se aprende viendo a otros caer y decidiendo que no quieres ser como ellos. Se aprende...

  Eder se interrumpió. Ula se había movido, y sus labios murmuraron algo.

  Kael se inclinó.

  —Ula —susurró—. ?Qué dices?

  Ella abrió los ojos. Estaban vidriosos, pero conscientes.

  —El ni?o —dijo, con voz débil—. El ni?o que encontraron los coleccionistas... no era Nil.

  Kael frunció el ce?o.

  —?Qué?

  —Había otro. Antes de Nil. Un ni?o peque?o. Lo encontraron los coleccionistas y le ofrecieron lo mismo. él aceptó. Vendió todo. Y cuando terminó, cuando ya no recordaba nada, se quedó vacío. Tan vacío que ni siquiera podía moverse. Solo respiraba. Los coleccionistas lo dejaron en la calle, como algo inservible. Yo lo vi. Estuve con él hasta que... hasta que dejó de respirar.

  Kael sintió un escalofrío.

  —?Por qué me cuentas esto?

  —Porque Nil casi hace lo mismo. Porque tú... —Ula tosió, le costaba hablar—. Tú le recordaste quién era. Sin saberlo. Solo con estar ahí. Con no juzgarlo. Con no apartarte.

  —No hice nada.

  —Hiciste lo único que se puede hacer a veces. Estar.

  Ula cerró los ojos y volvió a dormirse. Kael se quedó mirándola, con el corazón encogido.

  Estar. Esa palabra resonaba en su cabeza como una campanada.

  V

  Antes del amanecer, Nil se levantó y se acercó a Kael.

  —Quiero darte las gracias —dijo.

  —No tienes que...

  —Sí. Tengo que. Porque si no lo hago ahora, quizá ma?ana ya no recuerde por qué.

  Kael lo miró. En la penumbra, Nil parecía un fantasma. Pero sus ojos, aunque tristes, ya no estaban vacíos.

  —?Qué vas a hacer ahora? —preguntó Kael.

  —Quedarme. Ayudar. Eder me ense?ó que aquí todos somos necesarios. Los gemelos necesitan a alguien que los proteja. La mujer del bebé necesita a alguien que no la mire como si estuviera loca. Ula necesita a alguien que le cambie el pa?o cuando tú no estés.

  —?Y tú qué necesitas?

  Nil tardó en responder.

  —Necesito que alguien me recuerde quién soy. Los días que me olvide. ?Lo harás tú?

  Kael asintió.

  —Lo haré.

  Nil sonrió. Era una sonrisa peque?a, frágil, pero era una sonrisa. Luego volvió a su rincón, junto a los gemelos, y se acurrucó como un ni?o más.

  VI

  Cuando la luz gris del amanecer se coló por las rendijas, Kael sintió algo que no había sentido desde que cayó: una calma peque?a, frágil, pero real.

  Miró a su alrededor. Ula dormía, pero su respiración era más tranquila. Nil vigilaba a los gemelos con una ternura nueva. La mujer del bebé, por primera vez, había dejado de mecerse y miraba hacia la puerta, como si esperara algo. Eder, sentado contra la pared, lo observaba con una sonrisa apenas perceptible.

  —?De qué te ríes? —preguntó Kael.

  —De ti —respondió Eder—. De que aún no lo entiendes.

  —?Qué no entiendo?

  —Que esto —Eder se?aló la habitación, a sus ocupantes, a las velas parpadeantes—. Esto ya es una familia. No la que perdiste. No la que recuerdas. Otra. Distinta. Pero familia al fin.

  Kael miró a los demás. Vio a Ula, que lo había salvado. A Nil, que le había confiado su memoria. A los gemelos, que se aferraban el uno al otro. A la mujer del bebé, con su dolor mudo. A Eder, con su sabiduría cansada.

  Y sintió, por primera vez, que quizá no estaba tan solo.

  —No sé cómo ser parte de esto —dijo.

  —Ya lo eres —respondió Eder—. No hace falta que hagas nada especial. Solo sigue estando. Solo sigue recordando. Solo sigue eligiendo no convertirte en ellos.

  Kael se llevó la mano al pecho. El hilo de oro estaba caliente.

  —Eder —dijo—. ?Tú crees que hay un camino de vuelta?

  Eder tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era grave, como viniendo de muy hondo.

  —Creo que hay muchos caminos. Y que todos, de algún modo, llevan a casa. Pero casa no es un lugar, Kael. Es la gente que te recuerda. Es la gente que te espera. Es la gente por la que merece la pena volver.

  Kael miró a Ula. Luego a Nil. Luego a los gemelos.

  —Entonces —dijo— quizá ya estoy en camino.

  Eder sonrió.

  —Quizá sí, muchacho. Quizá sí.

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