I
Los primeros días fueron una sucesión de golpes.
Kael aprendió que el suelo era duro y que el cartón, aunque parecía inútil, marcaba la diferencia entre dormir y congelarse. Aprendió que el hambre no era un deseo sino un animal que vivía dentro del estómago y roía las tripas con dientes diminutos e implacables. Aprendió que la sed dolía más que el hambre, que la lengua se pegaba al paladar como una lija, que el agua sucia sabía a metal pero salvaba.
Aprendió a reconocer los sonidos de la ciudad: el rugido de los motores, el silbido de los frenos, el murmullo constante de las sombras que caminaban sin mirar. Aprendió a distinguir, entre todos esos ruidos, el paso firme y acompasado de los vigilantes, y a esconderse cuando se acercaban.
Aprendió que Ula era su ángel de la guarda.
La ni?a de los ojos claros le ense?ó todo. Le ense?ó a moverse por los callejones sin ser visto, a encontrar las rendijas por donde un cuerpo podía colarse, a identificar los contenedores donde a veces caía comida aprovechable. Le ense?ó a extender la mano sin esperanza pero sin orgullo, porque el orgullo, decía, era un lujo que los caídos no podían permitirse.
—Mira —dijo Ula una ma?ana, se?alando a un hombre que caminaba despacio, distraído—. Ese lleva la cartera en el bolsillo de atrás. Si te acercas por la derecha, tropiezas, pides disculpas, y mientras hablas...
Hizo un gesto rápido con la mano. Kael ni siquiera vio el movimiento, pero supo que algo había desaparecido.
—No —dijo él, apartándose—. Eso es robar.
Ula lo miró con una tristeza cansada.
—?De dónde sales, Kael? ?En tu mundo no se robaba?
Y entonces, por un instante, vio algo.
No era un recuerdo completo. Era más bien una imagen fugaz, como un fogonazo: una mesa de madera, una luz cálida, una mano que ponía un trozo de pan en un plato. Alguien decía: "Lo que es tuyo es tuyo, y lo del vecino se pide, no se toma."
La imagen se desvaneció al instante.
—No —respondió, con una seguridad que le sorprendió—. En mi mundo no se robaba.
Ula no discutió. Solo encogió los hombros y siguió caminando.
II
Esa noche, Kael so?ó.
So?ó con una luz dorada que entraba por una ventana. Con una ni?a peque?a que reía mientras corría por un prado. Con una mujer que cantaba mientras removía algo en un puchero. Con un hombre que lo miraba desde lo alto de una torre, con orgullo en los ojos.
Despertó con el nombre en los labios:
—Lúa.
Ula, acurrucada a su lado, abrió los ojos.
—?Qué has dicho?
—No sé —susurró Kael—. No sé qué he dicho.
Pero algo dentro de él supo que sí. Que Lúa era un nombre importante. Que Lúa era alguien a quien debía encontrar.
Se llevó la mano al pecho. El hilo de oro seguía ahí, brillando débilmente en la oscuridad.
III
La primera vez que salió solo, todo salió mal.
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Ula estaba enferma. Llevaba dos días con fiebre, temblando bajo las mantas de trapo que compartían, y Eder había dicho que alguien debía salir a buscar comida y medicina. Los otros no podían: el viejo con la pierna rota, la mujer que no soltaba aquello que parecía un bebé, los ni?os demasiado peque?os. El chico flaco, Nil, había salido dos días antes y no había vuelto.
—Tú —dijo Eder, se?alándolo—. Ya has visto cómo se hace. Ve al mercado del sur, busca las sobras al final del día. Si encuentras una farmacia, mira en los contenedores traseros. A veces tiran medicamentos caducados, pero sirven.
Kael asintió. Se sentía importante. útil. Por primera vez desde que había caído, tenía un propósito.
La ciudad lo tragó.
Caminó durante horas, siguiendo las indicaciones que Eder le había dibujado en un papel con carbón. El mercado del sur resultó ser un lugar inmenso, bullicioso, abrumador. Puestos de fruta, de carne, de pescado, de ropa, de cosas que no sabía nombrar. Gritaban los precios. Gritaban las ofertas. Gritaban, gritaban, gritaban.
Esperó hasta el final, escondido tras unos contenedores, viendo cómo los puestos cerraban y los vendedores arrojaban lo que no habían vendido. Cuando por fin se atrevió a acercarse, encontró un tesoro: media caja de tomates aplastados, un pan duro, unas manzanas con una sola zona podrida que podía cortarse, y un paquete de galletas roto pero intacto por dentro.
Llenó la bolsa que Ula le había prestado y emprendió el regreso.
Fue entonces cuando lo vieron.
Eran tres. Más grandes que él. Más fuertes. Con esa mirada que Kael empezaba a reconocer: la mirada de los que han aprendido que en este mundo solo se sobrevive arrancándole algo a los demás.
—Eh, tú —dijo el más grande—. La bolsa.
Kael la apretó contra el pecho.
—Es para los míos —dijo—. Hay ni?os enfermos.
El otro sonrió. Era una sonrisa fea, torcida, sin alegría.
—Y a mí qué. La bolsa.
Kael dio un paso atrás. Los otros dos avanzaron, cerrándole el paso.
—No quiero problemas —dijo, con la voz temblorosa—. Solo déjenme ir.
El grande se acercó. Su olor era ácido, a sudor rancio y a algo quemado.
—?Sabes lo que me parece a mí? —dijo—. Que eres nuevo. Que no sabes cómo funcionan las cosas. Y yo voy a ense?arte.
Le arrancó la bolsa de un tirón. Kael intentó sujetarla, pero el otro era mucho más fuerte. Cayó al suelo. Los tomates se esparcieron, aplastándose contra el cemento.
—No —dijo Kael—. Por favor...
Una patada en el costado le cortó la respiración. Otra en la espalda. Otra en la cara. Sintió el sabor de la sangre, mezclado con el polvo del suelo.
—Aprende, nuevo —dijo el grande, escupiéndole—. Aquí no hay "por favor". Aquí no hay "míos". Aquí hay dientes y hay gargantas. Y tú tienes pinta de tener la garganta blanda.
Se fueron con la bolsa. Con las galletas. Con las manzanas. Con la medicina que nunca llegó a encontrar.
Kael se quedó en el suelo, sangrando, temblando, solo.
IV
Lloró.
No supo cuánto tiempo estuvo así, hecho un ovillo, con las rodillas contra el pecho y la cara enterrada en los brazos. Las lágrimas se mezclaban con la sangre y el polvo, formando un barro pegajoso que le escocía en los ara?azos.
Pasaban sombras a su lado. Algunas lo miraban. La mayoría no. Ninguna se detuvo.
Así que esto es, pensó. Esto es lo que hay. Dientes y gargantas. Comer o ser comido.
Y entonces, en medio de la desolación, sintió algo cálido en el pecho.
Se llevó la mano al hilo de oro. Seguía ahí. Seguía brillando. Y al tocarlo, llegó el recuerdo.
No fue una imagen. Fue un olor. Olor a tierra mojada, a hierba recién cortada, a le?a quemándose. Y una voz. La voz de una mujer:
"No importa lo que pase, Kael. Siempre puedes volver a casa."
Abrió los ojos. No había casa. No había tierra mojada. Solo cemento, basura, y el eco de una promesa que quizá nunca existió.
Pero el dolor era un poco menos. Solo un poco. Pero menos.
Se incorporó. Las costillas le dolían al respirar. La cara le ardía. Una ceja partida le dejaba caer sangre sobre el ojo. Pero estaba vivo.
Caminó. No sabía hacia dónde. No recordaba el camino de regreso al refugio. Vagó por calles que no conocía, por callejones que se parecían todos, por plazas que podían ser las mismas que había visto antes o podían ser nuevas. El miedo crecía. La noche caía. Las sombras se hacían más escasas, más peligrosas.
Y entonces, una voz.
—Kael.
Era Ula. Estaba en una esquina, envuelta en una manta, temblando de fiebre pero con los ojos abiertos, buscándolo.
—Sabía que no volvías —dijo—. Salí a buscarte.
—Estás enferma —dijo Kael, y su voz sonó rota—. No deberías...
—Cállate y ven.
Se abrazaron. Ula era peque?a, liviana como un pájaro, pero su abrazo fue lo más sólido que Kael había sentido desde que cayó.
—Perdí la comida —susurró Kael—. Perdí todo. Me atacaron. Me robaron.
—Ya —dijo Ula, sin soltarlo—. Ya pasó.
—No pude defenderla. No pude defender nada.
Ula se separó lo justo para mirarlo a los ojos.
—Escucha —dijo—. Lo que te pasó hoy va a pasarte muchas veces. Esto es así. Pero tú no eres así. Tú no eres como ellos. Eso que tienes dentro, eso que te hace decir "no robes" aunque te mueras de hambre, eso es lo que te va a salvar. O lo que te va a matar. Pero es lo que eres.
Kael negó.
—No sé lo que soy.
—Yo sí —Ula se?aló el hilo que asomaba bajo su chaqueta—. Eres de los que llevan oro. Eres de los que tienen algo que perder. Eres de los que buscan volver.
—?Volver a qué?
Ula sonrió, a pesar de la fiebre.
—Eso lo sabrás tú. Pero mientras tanto, vamos a casa.
V
Volvieron.
Eder los esperaba en la entrada, con la cara desencajada. Cuando vio a Kael, sangrando, magullado, vacío, no dijo nada. Solo le tendió un trozo de pan duro que había guardado de no sabía dónde.
—Come —dijo.
Kael comió. El pan raspaba la garganta pero era comida. Era algo.
—Me robaron —dijo entre mordiscos—. Todo lo que había conseguido. Me golpearon. No pude hacer nada.
Eder asintió, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Primera lección —dijo—. Aquí no hay justicia. Aquí no hay nadie que venga a salvarte. Aquí hay dos tipos: los que tienen y los que no. Y los que tienen casi siempre consiguen lo que tienen haciéndolo pasar mal a los que no.
—?Y entonces qué hago? ?Me convierto en ellos?
Eder negó lentamente.
—Esa es la segunda lección. La que diferencia a los que merecen salir de los que merecen quedarse. Puedes elegir ser como ellos. Puedes elegir sobrevivir a cualquier precio. Pero si eliges eso, te conviertes en ciudad. Te conviertes en lo que devora. Y entonces, aunque encuentres el camino de vuelta, ya no serás bienvenido.
Kael recordó el olor de la tierra mojada. La voz de la mujer. La ni?a que reía en el prado.
—No quiero convertirme en eso —dijo.
—Entonces —Eder puso una mano sobre su hombro— tendrás que aprender a ser fuerte sin dejar de ser bueno. Tendrás que aprender a defenderte sin convertirte en verdugo. Tendrás que aprender que a veces, lo único que puedes hacer es volver a casa con las manos vacías pero con el corazón intacto.
Kael miró sus manos vacías. Luego miró a Ula, que dormía acurrucada, temblando de fiebre. Miró a los ni?os peque?os, que compartían un trozo de pan no más grande que su pu?o. Miró a la mujer del bebé, que mecía aquel bulto con una devoción desesperada.
—No tengo nada que darles —susurró.
—Nos diste lo que tenías —dijo Eder—. Tus ganas. Tu esfuerzo. Tu sangre, aunque no quisieras. Y volviste. Eso es más de lo que muchos hacen.
Esa noche, Kael durmió con las costillas rotas y la cara hinchada. Pero durmió.
Y mientras dormía, so?ó con un hombre que encendía una luz en lo alto de una monta?a, una luz que guiaba a los perdidos.
No sabía quién era ese hombre.
Pero el hilo de oro, sobre su pecho, brilló un poco más.