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Already happened story > The Cat’s Curse (español) > 42. Lago rojo

42. Lago rojo

  El grupo de tres se reunió en el salón principal de la posada. Allí, los empleados habían encendido la gran chimenea de piedra, y el lugar estaba agradablemente cálido pese al frio del exterior.

  No estaban solas.

  También se encontraban los due?os de la posada y casi todos los empleados, excepto dos que habían salido a buscar en los alrededores aprovechando la luz del día, con la esperanza de encontrar a la desaparecida Rin. Contándolas a ellas tres, eran trece personas reunidas en el salón.

  El motivo que los había congregado era evidente: el cambio ocurrido en el lago.

  Las conversaciones se superponían. Algunos murmuraban teorías, otros discutían qué hacer. La tensión era palpable.

  De pronto—

  La puerta principal se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento helado y nieve.

  Uno de los empleados que había salido a buscar irrumpió en el salón, jadeando.

  —?La encontramos, está en el lago!

  Durante un segundo nadie reaccionó.

  Luego, todos se movieron a la vez.

  Abandonaron la posada y corrieron hacia el lago, hundiendo las botas en la nieve acumulada. El viento les azotaba el rostro, pero nadie se detuvo.

  Llegaron justo a tiempo para ver al otro empleado salir de las aguas heladas.

  Cargaba algo en la espalda.

  No.

  Cargaba a alguien.

  El cuerpo sin vida de Rin colgaba inerte, sus ropas empapadas pegadas al cuerpo, el cabello oscuro adherido al rostro pálido.

  El lago rojo parecía aún más oscuro a su alrededor.

  —

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  Pasaron varias horas desde el hallazgo.

  La posada se convirtió en un completo caos.

  Ume, la madre de Rin, colapsó al ver el cuerpo de su hija. Entre sollozos desgarradores, fue llevada a su habitación por su esposo, quien se encerró con ella y se negó a salir. Nadie volvió a verlos.

  Los empleados, por su parte, quedaron sin dirección. Con los due?os sumidos en el dolor, el miedo comenzó a propagarse rápidamente.

  Algunos entraron en pánico. Otros comenzaron a ponerse cuanta ropa abrigada encontraban, decididos a abandonar la posada y atravesar la tormenta a pie para buscar ayuda en la ciudad más cercana.

  Fue entonces cuando Haruka intervino.

  Con firmeza y una autoridad que no admitía discusión, se colocó en medio del salón.

  —?Nadie va a salir! —ordenó con voz clara.

  Su tono cortó el murmullo de inmediato.

  Con rapidez y seguridad, comenzó a dar instrucciones, reorganizando a los empleados y conteniendo el caos. Explicó que salir ahora era suicida por la violencia de la tormenta.

  Poco a poco, la agitación comenzó a disminuir.

  Pero aunque logró estabilizar la situación, Haruka sabía que el verdadero problema seguía allí afuera.

  Lo que más le preocupaba no era el pánico.

  Era el lago.

  —Haruka… tengo una idea de lo que podría estar pasando en el lago.

  Mochi le relató la leyenda local que Rin le había contado: cómo la deidad Mizuchi-sama luchó durante tres días y tres noches contra los yōkai, ti?endo las aguas de rojo con su sangre.

  Haruka escuchó en silencio.

  No podía negar que existía un inquietante paralelismo entre la historia y lo que estaba ocurriendo ahora.

  Consultaron con otras personas de la posada y escucharon distintas versiones de la misma leyenda. En algunas se mencionaba que Mizuchi-sama invocaba una tormenta para cegar a sus enemigos. Los detalles cambiaban según quien la narrara.

  Pero había dos elementos que nunca variaban:

  El lago te?ido de rojo.

  Y la duración de tres días y tres noches.

  Haruka cruzó los brazos, pensativa.

  —Lo que debemos hacer ahora es decidir un plan para el futuro. Tenemos dos opciones. La primera es quedarnos aquí y esperar tres días, confiando en que la leyenda sea cierta y todo termine cuando se cumpla ese tiempo.

  Hizo una breve pausa antes de continuar.

  —La segunda opción es que yo salga y trate de abandonar el área afectada por la tormenta para contactar con la sede. Pediría refuerzos y un equipo para evacuar a todos.

  Mochi sintió un escalofrío al oír eso.

  —Pero ambas opciones tienen desventajas —prosiguió Haruka—. Si nos quedamos, el problema principal serán los suministros. La comida y la le?a son limitadas; la posada esperaba un envío que se canceló por la tormenta. Tenemos suficiente para tres días… pero si esto se extiende más, estaremos en problemas.

  Miró hacia la ventana, donde la ventisca seguía golpeando con violencia.

  —Si elijo salir, tampoco es ideal. Desconozco el alcance real de la tormenta. Aunque el frío no me afecta demasiado, no soy especialmente rápida. Podría tardar más de un día en salir del área afectada, y hasta que lleguen los refuerzos podrían pasar casi tres días en total. En el mejor de los casos, el tiempo sería prácticamente el mismo.

  Su mirada se suavizó.

  —Y eso las dejaría solas aquí.

  Miyu intervino:

  —Haruka-san… ?aún quedan anomalías afuera?

  —Sí. No sé cuántas ni a qué distancia exacta, pero puedo sentir presencias vagas en el bosque. Incluso es posible que su número haya aumentado. Supongo que eso nos deja con la opción de quedarnos y resistir —concluyó Haruka—. Además, no creo que la tormenta pueda extenderse mucho más. La cantidad de éter necesaria para mantener algo así es descomunal. Sostenerlo por demasiado tiempo debería ser imposible.

  Miyu parecía profundamente concentrada.

  —Entonces esta tormenta es, con total seguridad, artificial —dijo lentamente—. Alguien la está provocando. Pero… ?cuál sería el objetivo? ?Por qué hacer algo tan grande?

  —No lo sé —respondió Haruka con honestidad—. No tenemos suficiente información para deducirlo. En el mejor de los casos, estaríamos adivinando. Es mejor dejar esa incógnita de lado y concentrarnos en lo importante.

  Su expresión se endureció.

  —Lograr que todos salgan vivos de aquí. Es hora de ponernos en marcha. Debemos aprovechar el tiempo que tenemos. Presiento que pronto no tendremos tiempo libre.

  Mochi inclinó la cabeza, confundida.

  —?Haruka? ?A dónde vamos?

  Haruka esbozó una leve sonrisa.

  —A entrenar, por supuesto. Repetiremos el mismo entrenamiento de ayer.

  Y así lo hicieron.

  Haruka las exigió hasta que el sol comenzó a ponerse.

  Cuando el cielo empezó a oscurecer, detuvo la sesión.

  Su mirada se dirigió hacia el bosque cubierto por la tormenta.

  —Prepárense para esta noche —les dijo con calma—. Es muy probable que las anomalías intenten algo mientras todos duermen.

  El viento rugió afuera, como si confirmara sus palabras.

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