PCLogin()

Already happened story

MLogin()
Word: Large medium Small
dark protect
Already happened story > The Cat’s Curse (español) > 40. Enfrentamiento en el bosque (Parte 2)

40. Enfrentamiento en el bosque (Parte 2)

  —Esto es difícil…

  Haruka apenas tuvo tiempo de formular el pensamiento antes de que la presión aumentara aún más.

  El combate se había vuelto claramente desfavorable. Con cada intercambio, la balanza se inclinaba un poco más hacia las anomalías. No solo aprovechaban el terreno y la tormenta; se movían con una coordinación inquietante, cerrándole las rutas de escape y obligándola a reaccionar en lugar de atacar.

  Había cometido un error al subestimarlas.

  No eran bestias torpes. Pensaban. Observaban. Aprendían.

  Cada ataque que Haruka lanzaba encontraba una respuesta más eficaz que la anterior, como si las anomalías estuvieran descifrando su estilo de combate con cada movimiento.

  Haruka creó frente a ella una barrera de carámbanos afilados, una defensa agresiva destinada a ganar unos segundos. Necesitaba ese tiempo para preparar algo más elaborado, algo que pudiera cambiar el ritmo del combate.

  Pero no se lo permitirían.

  El simio del garrote golpeó con precisión la base de los carámbanos. El hielo se quebró y se vino abajo, abriendo una brecha justo cuando el simio del hacha se lanzó hacia adelante, cruzando sin dudar entre los restos afilados.

  La distancia era demasiado corta.

  Haruka reaccionó al instante, arrojando una lluvia de cristales de hielo para frenar su avance. El ataque habría sido suficiente contra cualquier otra anomalía, pero el simio dio un gran salto, elevándose por encima del hielo. Se aferró a la gruesa rama de un árbol y, con un movimiento fluido y sorprendentemente preciso, lanzó su hacha directo hacia ella.

  —?Maldición…!

  Sin tiempo para levantar una defensa adecuada, Haruka creó un peque?o escudo de hielo frente a su cuerpo. El impacto fue devastador. El escudo estalló en pedazos al instante; no logró detener el hacha, apenas desviar su trayectoria.

  El filo pasó rozándola, abriéndole un corte en el brazo.

  El dolor llegó tarde.

  Haruka apretó los dientes y sujetó su brazo herido, pero no tuvo ni un segundo para recuperarse.

  El simio del garrote apareció a su lado y descargó un golpe brutal contra su costado.

  El sonido fue inconfundible.

  Un cristal rompiéndose.

  Partículas de luz se dispersaron desde el cuerpo de Haruka mientras el impacto la lanzaba por los aires. Su cuerpo se estrelló contra el tronco de un árbol, el aire escapando violentamente de sus pulmones.

  Cayó al suelo sin poder respirar.

  Por un instante, el mundo se redujo al dolor.

  Su hechizo de protección… había recibido un da?o crítico.

  Y las anomalías avanzaban de nuevo.

  Haruka estaba sorprendida.

  No recordaba la última vez que alguien la había arrinconado de esa forma.

  Bajó la mirada hacia su brazo y observó la sangre deslizándose lentamente sobre su piel. Hacía tanto tiempo que había olvidado el dolor de ser herida que, por un instante, le resultó casi… ajeno. Una risa breve escapó de sus labios.

  Pensó que se vería realmente patética si Mochi la viera así.

  Alzó la vista.

  Las dos anomalías permanecían frente a ella, inmóviles, observándola. No avanzaban. No atacaban. Era evidente: ya la daban por derrotada.

  Haruka se incorporó con esfuerzo, apoyando una mano contra el tronco del árbol a su espalda. Exceptuando el corte de su brazo, no tenía más heridas. Todo gracias al hechizo de protección que se había lanzado sobre sí misma.

  This tale has been unlawfully lifted without the author's consent. Report any appearances on Amazon.

  Un hechizo absoluto… pero frágil.

  La protegía de cualquier ataque que pudiera causarle un da?o fatal, sin importar cuán poderoso fuera. Pero solo una vez. Y ahora ya había cumplido su función.

  Volver a lanzarlo le tomaría una hora.

  Una hora que no tenía.

  Si recibía otro golpe como ese, sería el final.

  Haruka cerró los ojos un segundo y lo aceptó.

  Seguir luchando como siempre ya no era una opción.

  Su estilo habitual, preciso y casi quirúrgico, estaba dise?ado para desgastar al enemigo con el menor consumo de energía posible. Podía mantenerlo durante horas… pero ese enfoque ya no funcionaba aquí. No contra dos anomalías que se adaptaban con rapidez y que habían logrado arrinconarla.

  Inspiró profundamente.

  El aire helado llenó sus pulmones.

  Ya había tomado una decisión.

  Haruka dejó de contenerse.

  Liberó todo su poder de golpe, inundando cada rincón de su cuerpo con la mayor cantidad de éter posible. No le importaba quedar exhausta. No le importaba el después.

  Apretó con fuerza su abanico.

  Un aura densa, de un azul intenso, envolvió su cuerpo. El éter saturaba su piel, sus músculos, su respiración. Era una presencia abrumadora.

  Haruka comenzó a reír.

  Hacía mucho tiempo que había olvidado esa sensación: el cuerpo desbordando energía, la mente tan clara. Era una explosión interna, como electricidad recorriéndola de pies a cabeza, era adrenalina pura.

  Las anomalías se detuvieron en seco.

  Sus cuerpos se tensaron, entrando en un estado de alerta total. Lo entendieron al instante. La figura frente a ellas ya no era una presa con la que podían jugar.

  Sus instintos gritaban una sola palabra:

  PELIGRO.

  —?Qué sucede? —dijo Haruka con una sonrisa—. ?Dónde quedó esa confianza de antes? Ya veo…

  Desplegó su abanico.

  —Entonces me tomaré la libertad de hacer el primer movimiento.

  Lo agitó con fuerza.

  —?Perforar!

  El suelo estalló.

  Una ola de púas de hielo enormes y densas surgió en todas direcciones, mucho más grandes y gruesas que cualquiera que hubiera creado antes. No había espacio seguro en el suelo. Las anomalías se vieron obligadas a saltar hacia los árboles para evitar ser atravesadas.

  El terreno quedó completamente transformado.

  Filosos carámbanos cubrían toda la zona, convirtiendo el bosque en un campo de muerte congelado.

  Desde lo alto del árbol, el simio del garrote se impulsó con todas sus fuerzas, saltando directo hacia Haruka en un ataque desesperado.

  No llegó ni a acercarse.

  Haruka agitó su abanico una sola vez.

  Un golpe de viento devastador salió disparado y alcanzó de lleno la copa del árbol. La fuerza fue tal que el tronco estalló en fragmentos, la nieve salió despedida en todas direcciones y el simio fue golpeado sin posibilidad de defenderse.

  Lanzó un alarido de dolor mientras su cuerpo era arrastrado violentamente, estrellándose contra varios árboles antes de caer pesadamente al suelo.

  El garrote se hizo pedazos en el impacto.

  Su cuerpo tampoco estaba en mejor estado. Huesos rotos, movimientos torpes, el simple intento de incorporarse le arrancaba gru?idos ahogados de dolor.

  Ya no era una amenaza.

  Haruka apenas le dedicó una mirada antes de fijar su atención en la otra anomalía.

  El simio del hacha se desplazaba con rapidez entre las ramas, su objetivo era evidente: recuperar su arma, que permanecía clavada en la nieve a lo lejos.

  —No te lo permitiré.

  Con un solo movimiento, Haruka levantó su abanico.

  Del suelo surgió una muralla de hielo colosal, tan alta que superaba los pinos del bosque. El muro bloqueó por completo el camino de la anomalía.

  El simio rugió y arremetió contra la barrera.

  Golpeó.

  Una vez.

  Dos.

  Tres.

  Nada.

  El hielo no mostró ni una sola grieta. En cambio, sus nudillos comenzaron a sangrar por el impacto repetido. Aun así, siguió golpeando, dominado por la desesperación.

  Fue inútil.

  Haruka alzó lentamente su abanico y apuntó al cielo.

  El aire se volvió pesado.

  Sobre ellos comenzaron a formarse carámbanos gigantes, cada uno del tama?o de una persona. Decenas. Suspendidos en el aire.

  El simio alzó la vista.

  Por primera vez, su rostro reflejó algo claro y humano:

  Terror.

  Lo comprendió al instante. No había escape. No había truco. No había fuerza bruta que lo salvara.

  —Desaparece.

  El abanico descendió.

  Los carámbanos cayeron como una lluvia de lanzas. La explosión de hielo, nieve y tierra sacudió el lugar.

  Cuando la nube se disipó, el paisaje había cambiado.

  El suelo estaba cubierto de cráteres, los árboles cercanos destrozados, y en el centro del impacto apenas quedaban restos irreconocibles de la anomalía, que comenzaban a desvanecerse en partículas de éter.

  Solo quedaba una.

  Haruka giró lentamente, buscando a la anomalía herida.

  Nada.

  No estaba a la vista.

  Lo más probable era que se estuviera escondiendo, esperando el momento justo para un ataque sorpresa.

  Pero eso ya no funcionaría.

  Haruka sonrió.

  —Hace tiempo que quería probar esto.

  Dejó fluir su éter hacia el abanico.

  Este comenzó a brillar con una intensa luz plateada. A su alrededor, el viento empezó a girar, primero suave, luego violento, hasta formar un poderoso tornado… pero no descendía del cielo.

  Ascendía desde la tierra.

  La tormenta envolvió toda el área. Los vientos eran brutales, pero lo verdaderamente letal era lo que arrastraban: una infinidad de cristales de hielo, finos y afilados como cuchillas, creados por Haruka y lanzados sin control dentro del vendaval.

  Dentro de esa tormenta, nada podía sobrevivir.

  Tras un minuto, Haruka cerró el abanico.

  La tormenta se disipó tan fácilmente como había nacido.

  El bosque quedó en silencio.

  Solo permanecían los restos de árboles destrozados… y, entre ellos, los fragmentos irreconocibles de la última anomalía, desvaneciéndose del mismo modo que su compa?ero.

  La batalla había terminado.

  Haruka dejó escapar un largo suspiro.

  El cansancio le pesaba en todo el cuerpo. Era la primera vez que invocaba una tormenta de esa magnitud, y el costo había sido enorme. Pese a que aún le quedaba energía era la primera vez en mucho tiempo que gastaba tanto de golpe.

  Sin más anomalías a la vista, emprendió el regreso hacia la posada.

  Mientras avanzaba entre los árboles cubiertos de nieve, una idea no dejaba de rondarle la cabeza.

  La cooperación entre anomalías salvajes era algo extremadamente raro.

  Independientemente de su rango o poder, las anomalías podían dividirse en dos grandes grupos: pacíficas y salvajes. La diferencia no residía en su fuerza, sino en su comportamiento hacia los humanos.

  Las anomalías pacíficas podían convivir entre ellas, cooperar e incluso establecer vínculos, como lo hacían Kero y Kumo, las anomalías que Mochi había aceptado como familiares. Las salvajes, en cambio, eran egoístas, territoriales y envidiosas por naturaleza. No solo atacaban humanos, sino que también se atacaban entre sí sin dudarlo.

  Por eso, lo que había presenciado no era normal.

  Solo existía una razón por la que anomalías salvajes cooperaran de esa manera.

  La presencia de una anomalía más poderosa.

  En ocasiones, una anomalía fuerte e inteligente formaba una especie de manada. En ella, actuaba como líder absoluto, dominando a las demás ya fuera por la fuerza, mediante la intimidación, o permitiendo que lo siguieran por voluntad propia.

  Seguir a un líder tenía ventajas.

  Protección.

  Acceso a alimento.

  Y la posibilidad de alimentarse de los restos de las presas que su líder cazaba.

  Los dos simios que había enfrentado tenían niveles muy similares entre sí, demasiado similares como para que uno pudiera someter al otro. Eso solo podía significar una cosa.

  Había algo más ahí afuera.

  Algo más fuerte que ambos.

  Normalmente, Haruka habría salido a buscarlo sin dudar. Pero esta vez no podía permitírselo. Lo que más le preocupaba no era lo que se ocultaba en el bosque…

  Sino lo que podía estar ocurriendo en la posada.

  La tormenta todavía interfería con su percepción, impidiéndole saber qué estaba pasando en ese momento. El simple pensamiento de que una anomalía atacara mientras ella no estaba allí le tensó el pecho.

  Pensó en Mochi.

  Y aceleró el paso.

  Debía regresar lo antes posible.

Previous chapter Chapter List next page