Cuando Mochi y Miyu regresaron a la habitación, se encontraron con una escena inesperada: Haruka había transformado el espacio por completo. La mesita baja había sido corrida hacia un rincón, y en el centro de la habitación había dispuesto un futón extendido como si preparara una ceremonia.
A ambos lados, dos recipientes de cerámica sostenían varitas de incienso encendidas, de las que se elevaban hilos de humo dulce y ondulante que impregnaban el ambiente con una fragancia intensa.
Mochi olfateó el aire varias veces, encantada y confundida.
—Haruka… ?qué es este aroma? Es muy… delicioso, pero también siento como si… —parpadeó varias veces— como si estuviera flotando un poquito…
Miyu también olisqueó el aire.
—Sí, es como dulce pero… pegajoso… ?esto es normal?
Haruka, sentada en posición formal junto a varios frascos con líquido azul, ni siquiera levantó la vista.
—Es completamente normal. El incienso puede nublar un poco sus mentes, pero es un efecto secundario menor. Su propósito principal es aumentar sus sentidos… especialmente para lo que haremos hoy.
En ese momento, alguien llamó suavemente a la puerta.
—Estimados huéspedes, la cena estará lista pronto —anunció una de las empleadas desde el pasillo.
Los ojos de Miyu se iluminaron instantáneamente.
—?Genial! Después de tanto caminar me muero de hambre. Seguro nos sirven algo súper elegante, al nivel de esta habitación.
—No —replicó Haruka con firmeza—. La cena será después. La prioridad es el entrene—
Grrrrooooow…
Un rugido resonó en el cuarto. Miyu y Haruka miraron a Mochi, quien se cubrió el estómago con ambas manos, roja de vergüenza.
Mochi levantó los ojos hacia Haruka con la expresión suplicante.
Haruka suspiró, resignada.
—…Está bien. Cenemos primero. Pero luego entrenamos. Sin falta.
La cena no decepcionó: varios platillos, pescados frescos, sopas aromáticas, verduras, tempura, y peque?as delicias servidas en bandejas de madera perfectamente ordenadas. Parecía un banquete digno de un festival.
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Las tres comieron hasta que ya no pudieron más.
Al cabo de un rato, regresaron las dos empleadas para retirar los platos, acompa?adas esta vez por un hombre fornido de brazos enormes y mandil blanco.
—Buenas noches, se?oritas —se presentó con una ligera reverencia—. Soy el chef de esta posada. ?La cena fue de su agrado? Si desean algún cambio o tienen alguna preferencia especial, con gusto la aplicaré en las siguientes comidas.
Haruka fue la que respondió:
—Sí. Estuvo perfecta. Estamos muy conformes.
El chef sonrió, claramente orgulloso de su trabajo.
—Me alegra escuchar eso. Que disfruten su estancia.
Con otro gesto respetuoso, se retiró junto a las empleadas, dejando la habitación silenciosa.
—Me sorprende que no mencionara nada sobre que movimos los muebles… o sobre el incienso —comentó Mochi mientras ventilaba un poco la habitación con la mano—. Tal vez ni lo notaron.
—Seguramente lo notaron —respondió Haruka con calma—, pero decidieron no mencionarlo. Somos huéspedes importantes; mientras no causemos un desastre, evitarán entrometerse innecesariamente.
Haruka juntó las manos y dio un peque?o aplauso seco que marcó el inicio del entrenamiento. —Bien. Ahora sí: se acabaron las excusas. Lo haremos de a una a la vez. Miyu, tú serás la primera.
Mochi, las aguas termales ya están disponibles; ve a relajarte un rato. Te avisaré cuando sea tu turno.
—??EHHHH?! No es justo, yo quería entrar en las aguas termales con Senpai —protestó Miyu, inflando las mejillas.
—No te preocupes, Miyu, habrá más oportunidades —respondió Mochi entre risas—. Bueno, te veo luego.
Mochi salió casi corriendo de la habitación, deseosa de escapar antes de que Haruka cambiara de opinión. Caminó por el pasillo hasta llegar a los ba?os termales.
Dentro, el vapor cálido la envolvió. Se deslizó lentamente en el agua, dejando escapar un suspiro largo y satisfecho.
Al relajarse, miró su propia cola flotando bajo la superficie… y su tranquilidad se evaporó al instante.
Odiaba cómo se veía mojada.
Cuando estaba seca era suave, esponjosa, brillante… como debía ser la cola de una buena catsith. Pero mojada… mojada parecía una cuerda flaca, apagada, que ella misma la comparaba con la cola de una rata.
Le avergonzaba mucho como se veía, no quería que Miyu la viera así, por esa razón ha estado evitando ba?arse con ella.
—Ugh… ?qué voy a hacer? —murmuró mientras la hundía aún más bajo el agua, como si así pudiera esconderla—. Tal vez pueda cubrirme con una toalla… ?pero cómo sin que se note…?
Se quedó así, medio hundida y mirando su propia cola con expresión derrotada, sin notar el paso del tiempo.
—
Mientras tanto, Miyu salió de la habitación tambaleándose como si acabara de sobrevivir a una dura batalla.
—Estoy agotaaaada… —se quejó mientras arrastraba los pies rumbo a las aguas termales.
Al entrar a la zona de descanso —el lugar con sofás, máquinas expendedoras, mesas de ping-pong y sillones masajeadores— se detuvo en seco.
En uno de los sofás masajeadores estaba Mochi.
Dormida.
Completamente rendida, con los brazos colgando a los lados y la cola caída sobre el borde como un trapo mojado.
—Senpai, ya te toca —susurró primero.
Pero al ver que Mochi ni se movía, frunció los labios y se acercó más.
—Senpaiii. Haruka dice que vayas… ?despierta! —la sacudió por los hombros, con más fuerza de la que pretendía.
Mochi abrió los ojos muy despacio, con expresión completamente confundida.
—?Miyu…? ?Qué sucede?
—Ya es tu turno. Haruka te está esperando en la habitación —respondió Miyu, se?alando hacia el pasillo.
Mochi tardó unos segundos en procesarlo… luego dejó escapar un lamento dramático.
—?Eh? Oh, sí, sí, ya voy, nyaaaaaa… —se levantó como pudo y se estiró, intentando despejarse del todo.
—Senpai, ?quieres que te espere? —preguntó Miyu con una sonrisa suave—. Así, cuando termines, podemos sumergirnos juntas.
—?No, no, no! —Mochi agitó las manos de inmediato—. Para cuando acabe ya va a ser súper tarde. No pierdas la oportunidad de entrar tú. Bueno, me voy o si no Haruka se va a impacientar.
Dicho eso, Mochi escapó a toda velocidad, casi tropezando consigo misma en su carrera hacia las escaleras. Miyu la observó con confusión.
Mochi subió los escalones a toda prisa y llegó frente a la habitación. Apenas abrió la puerta, el aroma del incienso la golpeó de lleno. Esta vez no solo perfumaba… inundaba la habitación.
Era como entrar en una niebla dulce y cálida que le adormecía los sentidos.
—Mochi, ?qué esperas? Entra —dijo Haruka desde el centro del cuarto, sentada con la espalda recta.
Mochi entró, cerrando la puerta detrás de sí con cuidado. Se acercó a Haruka, tratando de no marearse.
—Bien, ya podemos iniciar —anunció Haruka mientras se?alaba el futón preparado en medio de la habitación—. Mochi, quítate la ropa y acuéstate boca abajo en el futón.
—?EHH?! —Mochi dio un salto hacia atrás, la cola erizándose como un pompón.