La noche caía sobre el parque, con un aire frío y húmedo. Las farolas lejanas apenas iluminaban los senderos, dejando grandes secciones del lugar sumidas en oscuridad. Entre esos enormes árboles, una figura corría a toda velocidad.
Miyu jadeaba, el pecho ardiéndole mientras apretaba la mandíbula. Sus botas golpeaban la tierra húmeda una y otra vez.
—?Por qué yo…? —dijo con la voz entrecortada por el cansancio—. ?Por qué siempre me toca ser la carnada?
No tenía tiempo de lamentarse. A sus espaldas retumbaban los pasos de algo. El crujido de ramas partidas, el golpeteo frenético de pezu?as contra la tierra.
—Dios… deja de seguirme… —se quejo, sin atreverse a mirar atrás.
La anomalía era veloz—demasiado veloz—pero los arboles del parque jugaban a su favor. Entre los pinos gigantes, gruesos, la criatura tenía que frenar, girar, esquivar… y eso le daba a Miyu unos segundos de respiro. Lo suficiente para evitar ser alcansada. Apenas.
La luz de la luna se filtraba entre las copas altas cuando la chica finalmente rompió entre los árboles, saliendo a un sendero ancho de grava. El sonido de sus pasos cambió abruptamente a un crujido irregular.
—Ya casi… —se dijo, sin detenerse ni un instante—. Solo un poco más.
Pero sabía que esta parte era la peor. El tramo de camino frente a ella era una recta perfecta, completamente despejada. Un área donde nada la protegería. Nada frenaría a la anomalía.
A lo lejos, estaba el peque?o puente de piedra que cruzaba por encima del sendero. Tenía que llegar ahí.
Detrás de ella, se escuchó el ruido seco de las pezu?as alcanzando el camino. El monstruo acababa de salir del bosque.
Las patas de la anomalia golpearon la grava con una fuerza que hizo vibrar el suelo, como si una locomotora estuviera pasando. El galope se volvió ensordecedor, acercándose más y más.
Miyu no quería mirar, pero lo hizo, no soportaba saber que tan cerca estaba. Solo un instante.
La anomalia corria detras de ella a toda velocidad: el cuerpo de cebra retorcido, sin ojos, sin nariz, sin boca—solo un cráneo blanquecino y fusionado como un lienzo vacío. En la parte trasera, donde debería estar el lomo, se erguía el torso humanoide, torcido, de brazos largos y dedos demasiado extensos que se abrían y cerraban como pinzas mientras corría.
Miyu sintió un escalofrío subir por su columna.
—?No, no, no, no…! —gritó, impulsándose con todas sus fuerzas.
El puente estaba ahí. A escasos pasos. Subió la pendiente de piedra.
Y en cuanto cruzó el arco superior del puente, Miyu se lanzó hacia un costado sin pensarlo. Rodó por la hierba húmeda, sintiendo cómo la tierra le raspaba las rodillas, el costado, los brazos… pero no se detuvo hasta quedar completamente fuera del camino.
Una sombra cayó desde lo alto del puente. Una figura descendió en picada, velosmente… pero, a escasos metros del suelo, su caída se volvió lenta, casi antinatural, como si flotara. Tocó tierra con la suavidad de una pluma.
Habían pasado ya cinco meses desde que realizó el pacto de familiares con Kero, la anomalia parka. Cinco meses de misiones, entrenamientos y riesgos compartidos que habían fortalecido el vinculo entre ambos, Mochi confiaba completamente en el, lo vestia en cada mision, mientras vestia a Kero, se sentia mucho mas ligera pudiendo saltar mas alto y aterrisar sin problemas.
La anomalía cebra siguió su carrera sin dudar, sin cambiar de trayectoria. Para ella, la aparición de Mochi en medio del camino no era más que un obstáculo que podía aplastar. La anomalia, bajó la cabeza, decidida a pasarle por encima.
Pero desde un costado del puente, algo se disparó en un destello de color rojo.
La soga, el arma de Zeke surgió con un chasquido, estirándose y retorciéndose. Buscó las patas delanteras de la anomalia, intentando enredarlas para derribarla. Era parte del plan, la pieza clave para detener su avance y que Mochi pudiera rematarla.
Pero la anomalía no cayó.
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Sin perder ni un ápice de velocidad, flexionó sus patas y saltó. Un salto limpio, perfectamente calculado, como un caballo de competición. Pasó por encima de la trampa con facilidad.
—?Esquivó…! —gru?ó Zeke desde el lado—. ?Quítate! ?No te arriesgues!
Mochi no se movió.
Plantó los pies en el suelo, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, las orejas tensas. Levantó su pu?o americano que brillaba en un tono rojo como sangre.
—Puedo —respondió con una calma.
Cuando la criatura cayó del salto y volvió a tocar el suelo, Mochi ya estaba enfrente de ella.
Lanzó un golpe con toda la fuerza que su cuerpo. Su pu?o impactó contra la frente lisa de la cebra sin boca ni ojos. El sonido fue brutal: un crujido húmedo, retorcido, como madera podrida quebrándose mezclada con hueso astillándose.
La zona golpeada se hundió.
La anomalía emitió un chillido extra?o, un sonido desgarrado que parecía venir de varios lugares a la vez.
Sus patas fallaron.
Cayó de lado, sacudiéndose como un animal moribundo. Se retorció durante unos segundos, convulsionando, antes de quedar completamente quieta. En total silencio.
Miyu salió de entre los arbustos casi a los tropezones y corrió directo hacia Mochi.
—?Mochi-sempai! ?Estás bien? ?Estás…?
Mochi, llena de energía por la victoria, levantó ambas manos, sonriendo de oreja a oreja.
—?Choca esos cinc—!
—??GYAAAAAAAAAAA!! —gritó Miyu a todo pulmón.
—??Q-qué!? —Mochi casi se cayó del susto— ??Qué pasa!? ??Qué te asustó!?
Miyu se?alaba algo con el dedo tembloroso, los ojos abiertos como platos.
—?Senpai…! ??Tu… tu brazo, mira tu brazo!!
Mochi bajó la mirada.
Ahí lo vio.
Su brazo derecho estaba visiblemente torcido, el antebrazo ligeramente inclinado en un ángulo antinatural. No había sangre, no había huesos expuestos… pero estaba roto. Roto de verdad.
—Ah… —dijo Mochi, parpadeando— …qué raro.
Lo movió un poco.
El brazo se balanceó a un lado, como si fuera gelatina.
Miyu gritó otra vez.
Zeke llegó en ese momento, con expresión entre preocupación y resignación.
—Genial. Sabía que pasaría algo así —murmuró—. Bien, rápido: tomemos el núcleo y volvamos a la sede para que la doctora te trate el brazo.
Pero Mochi, completamente tranquila, respondió:
—Podemos ir con calma. No me duele nada.
Zeke se llevó una mano a la cara.
—Ahora no. Estás llena de adrenalina y en shock. Pero cuando eso pase… te va a doler como si te partieran el alma. Así que muévete.
Mochi tragó saliva.
—…okay.
—
En la sala de tratamiento de la OHRA
La luz blanca del lugar parecía mucho más intensa de lo normal. Mochi lloraba mientras apretaba los dientes, con el rostro rojo y lágrimas cayendo sin control.
—Sí, sí, ya sé que duele —respondió la doctora con un tono cansado, envolviendo cuidadosamente una venda alrededor del brazo roto—. Aguanta un poco más. Termino en un minuto.
La doctora era una mujer en sus treinta, con el cabello negro sujeto en una trenza gruesa que caía sobre su hombro. Su piel pálida y sus ojeras daban la impresión de que llevaba días sin dormir. Su bata tenía olor a hospital y a incienso.
En su mano sostenía una pulsera de oración, esas hechas de cuentas redondas de madera. Parecía un adorno… pero no lo era.
—Esta es mi arma de éter —explicó sin levantar mucho la voz—. Funciona como un amplificador para mis hechizos.
Se inclinó, acercó la pulsera al brazo vendado de Mochi y empezó a recitar un mantra suave, en un idioma que Mochi no reconocía. Sus palabras le recordaron un poco a los hechizos de Zeke, aunque estos eran más formales, más fluidos.
Mochi sintió cómo algo cálido se acumulaba en su brazo. No quemaba, no pinchaba… era una calidez que se extendía desde la venda hasta sus dedos, como si estuviera sumergiendo el brazo en agua tibia.
Y entonces…
El dolor desapareció.
Mochi abrió los ojos, sorprendida.
—Oh… oh… ?oh, qué alivio! —dijo, casi llorando de felicidad.
—Eso solo fue para eliminar el dolor —respondió la doctora—. La sanación completa llevará unos minutos más, así que no te muevas.
Miyu estaba pegada a la camilla, con los ojos brillando de emoción.
—?Doctora, doctora, cómo funciona? ?Qué idioma es ese? ?Cuánta energía usa? ?Puedo aprenderlo? ?Qué pasaría si—?
—Más tarde —dijo la doctora, sin mirarla siquiera.
Zeke se acercó a la camilla donde Mochi seguía recibiendo tratamiento. La doctora murmuraba su mantra mientras la luz tenue del hechizo envolvía el brazo vendado. Miyu permanecía a un lado, inquieta pero expectante.
Zeke se cruzó de brazos.
—Bien, escuchen las dos —dijo con un tono más serio de lo habitual—. Tanto tú, Noa, como tú, Miyu… han llegado a su límite.
Mochi parpadeó.
—?Límite…?
Miyu inclinó la cabeza, confundida.
—?Cómo… límite?
Zeke suspiró.
—Me refiero a que ya no pueden seguir avanzando solo con pura fuerza física y agitando sus armas a lo loco. Si siguen peleando así, se van a romper —se?aló el brazo vendado de Mochi— o peor.
Mochi infló las mejillas.
—Entonces… —preguntó Mochi— ?qué hacemos?
De inmediato, los ojos de Miyu brillaron con emoción.
—?Lider! ??Nos va a ense?ar hechizos!? ??Vamos a lanzar rayos, fuego, explosiones?!
—No —respondió Zeke, tajante.
Miyu se marchitó como una flor bajo el sol.
—Eso es demasiado avanzado para ustedes ahora mismo —continuó él—. Todavía no saben usar lo que ya tienen. Es hora de que aprendan a sacar el verdadero poder de sus armas.
Mochi ladeó la cabeza.
—?El… verdadero poder?
Zeke asintió.
—Cada arma de éter tiene una habilidad única. Un poder especial que solo puede usar el portador adecuado. Sus armas pueden hacer más que golpear fuerte o servir de escudo. Y ya va siendo hora de que despierten esas habilidades.
—Necesito preparar algunas cosas —Dijo Zeke.
Se giró hacia la puerta y empezó a caminar.
—Voy a hacer los arreglos necesarios.
Agitó su brazo en el aire a modo de despedida.
—Nos vemos.
Y salió de la habitación.