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Already happened story > The Cat’s Curse (español) > 26. Mudanza - Búsqueda de un lugar

26. Mudanza - Búsqueda de un lugar

  Habían pasado dos semanas desde aquel caso. Durante ese tiempo, Mochi se había concentrado por completo en su nuevo objetivo: mudarse.

  Con ayuda de la OHRA, logró conseguir una coartada perfecta —un trabajo falso que justificaba sus ingresos—, lo que le permitía gastar libremente el dinero de sus misiones sin levantar sospechas.

  Cuando le contó a sus padres que tenía un trabajo muy bien pagado, estos no solo la felicitaron, sino que incluso insistieron en pagar la mudanza y el primer mes de alquiler.

  En ese momento, Mochi y Miyu se encontraban en una agencia inmobiliaria, de pie frente a un gran tablón cubierto de anuncios con fotografías de distintos departamentos en alquiler.

  Ambas debatían los pros y contras de cada propiedad, descartando una tras otra. Los requisitos específicos de Mochi no facilitaban las cosas.

  —Sempai, ?qué te parece este de aquí? —preguntó Miyu, se?alando una imagen—. Está cerca de la escuela y de la sede de la OHRA, y además parece bastante seguro. Tiene guardia en la entrada.

  —Sí, pero eso también juega en contra —replicó Mochi, cruzándose de brazos—. Si tiene guardia, significa que cierran la puerta por la noche. Tendría que pedirle que me la abra cada vez que salga a una misión nocturna.

  Piensa en lo que dirían si una chica adolescente empieza a salir tarde y faltar a clases… y si además mi familia llega a enterarse…

  Siguieron descartando propiedades una a una. Mochi quería un lugar donde pudiera hacer todo el ruido que quisiera sin preocuparse por molestar a los vecinos, y si era posible, que el alquiler fuera bajo para poder guardar dinero para sí misma.

  Con todos esos requisitos, pronto no quedó ninguna opción en el tablón.

  —Miyu ya no queda ninguna, ?qué hacemos? —preguntó Mochi, inflando las mejillas.

  —Mmm… le preguntaré al empleado, tal vez tenga algo fuera de la lista.

  Miyu se acercó al mostrador y explicó la situación. El empleado pensó unos segundos antes de asentir lentamente.

  —Un momento… creo que podría haber uno —dijo antes de desaparecer en el interior del local.

  Al cabo de un rato regresó con una carpeta. Extrajo una hoja y se las mostró con una expresión indecisa.

  —Este departamento cumple con todo lo que piden —murmuró, como si no estuviera del todo cómodo mostrándolo.

  El lugar en cuestión estaba en un edificio antiguo, casi histórico en la ciudad. El departamento se hallaba en el último piso, el número veinticinco.

  Antiguamente había sido un ático, pero fue reformado y convertido en un espacio habitable. Contaba con una habitación grande y otra más peque?a, cocina y comedor separados, y un ba?o amplio.

  Lo más llamativo era su precio: el alquiler era sorprendentemente bajo para el tama?o y la ubicación. Aquello hizo que ambas se miraran con recelo.

  —?Por qué es tan barato? —preguntó Mochi, frunciendo el ce?o.

  No solo le resultaba sospechoso el precio, sino también la forma en que el empleado lo presentó, como si prefería no tener nada que ver con el asunto.

  El hombre sonrió con nerviosismo y se rascó la nuca.

  —Verá… el alquiler es bajo por una razón. Todos los inquilinos anteriores se marcharon en cuestión de días.

  Su tono bajó un poco, casi en susurro.

  —De hecho, huyeron.

  Las orejas de Mochi se alzaron, captando el interés.

  —?Huyeron? —repitió.

  A case of content theft: this narrative is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation.

  —Sí —dijo el empleado, tragando saliva—. Todos decían lo mismo: que el lugar está… embrujado.

  Ruidos en la noche, puertas que se abrían solas, objetos que cambiaban de sitio. Incluso —miró alrededor, bajando aún más la voz—, incluso aseguraron sentir una presencia detrás de ellos cuando estaban solos.

  El empleado continuó hablando, con el rostro ligeramente pálido.

  —Mis jefes me obligaron a pasar una noche allí para “probar que era seguro”. —Su mirada se perdió en el vacío, como recordando algo desagradable—. Fue la peor experiencia de mi vida. Escuchaba pasos en el pasillo… pero cuando salía, no había nadie. Las luces parpadeaban, los grifos se abrían solos… y la televisión se encendía sola, mostrando solo estática.

  Mochi y Miyu se miraron entre sí, bajando la voz para hablar en susurros.

  —Sempai, ?estás pensando lo mismo que yo? —murmuró Miyu.

  —Sí, Miyu. Esto suena a una anomalía. —Mochi sonrió con entusiasmo—. ?Es perfecto! Solo tenemos que encargarnos de ella y listo. Tendré un departamento increíble a un precio ridículamente bajo.

  Terminaron la reunión y Mochi se acercó al empleado.

  —Queremos ver el lugar. ?Nos lo mostrarías?

  —?Yo? ?No, jamás! —soltó el hombre, retrocediendo un paso—. Si quieren verlo, aquí tienen las llaves. —Se las entregó con rapidez, como si quemaran—. Pueden entrar, revisar, tomar fotos, lo que gusten… pero no me pidan subir ahí.

  Mochi tomó las llaves con una expresión divertida.

  —?Vamos a ver ese departamento maldito!

  El empleado las observó alejarse con una mezcla de nervios y lástima.

  —Pobres chicas… ojalá no tengan muchos problemas —murmuró para sí antes de volver al mostrador.

  Minutos después, Mochi y Miyu caminaban bajo el sol de la tarde, con las llaves del supuesto “departamento embrujado” tintineando en el bolsillo de Mochi.

  Cuando llegaron al edificio, se detuvieron un momento para contemplarlo. La fachada tenía un dise?o clásico, con balcones de hierro forjado y paredes de un color crema elegante, todo sorprendentemente bien cuidado.

  —Sempai… este lugar se ve bastante caro —comentó Miyu, impresionada.

  —Lo sé, ?verdad? Creo que acabo de sacarme la lotería. ?Vamos, quiero verlo por dentro! —exclamó Mochi, avanzando con la cola erguida de emoción.

  Cruzaron la entrada y se dirigieron al ascensor.

  —Hasta esto tiene un aire antiguo —dijo Mochi con curiosidad. No tenía puerta automática, sino una reja metálica que debían cerrar antes de subir.

  —Mira, Miyu, hasta la alfombra se ve costosa —a?adió, inclinándose para tocar el suelo del elevador con genuina fascinación.

  Miyu contuvo una carcajada al ver a Mochi tan emocionada, acariciando la alfombra como una ni?a en una tienda de dulces. Su mirada se desvió hacia arriba, a las orejas felinas de su sempai, que se movían alegremente con cada comentario.

  Su mente se llenó de un único pensamiento:

  "Quiero tocarlas. Realmente quiero tocarlas."

  “?Y si le pido permiso? Aunque… ?tocar las orejas o la cola tiene algún significado para los catsith? ?Será raro si se lo pido así, de repente?”

  Sacó su smartphone con disimulo y comenzó a buscar en internet, pero antes de obtener una respuesta, el ascensor se detuvo con un suave ding. Habían llegado.

  Esperaban encontrar un pasillo con varias puertas, pero la vista que las recibió fue muy distinta: el pasillo era corto, apenas se extendía unos pasos, y al final solo había una puerta.

  —Sempai… ?realmente todo este piso es solo un departamento? —preguntó Miyu, sorprendida.

  Mochi asintió, con las llaves en la mano y los ojos brillando de expectación.

  Giró la cerradura y abrió la puerta.

  El interior estaba sumido en penumbra. Miyu tanteó la pared junto a la entrada hasta encontrar el interruptor. Al encenderlo, las luces parpadearon un par de veces antes de estabilizarse, iluminando lentamente el interior.

  —Whoa… —exclamó Mochi al asomar la cabeza—. ?Es enorme!

  Antes de dar un paso al interior, cerró los ojos por un instante y extendió sus sentidos en busca de rastros de éter.

  Nada.

  Ni un solo hilo de energía flotando en el aire.

  —No logro sentir nada, Miyu. Podemos avanzar tranquilas —dijo al fin.

  Ambas entraron. El lugar tenía un estilo occidental, pulcro y espacioso. La sala de estar y el comedor compartían un mismo ambiente, amplio e iluminado por un gran ventanal que dejaba pasar la cálida luz del atardecer.

  Mochi giraba sobre sí misma con los ojos brillantes, como si ya estuviera decorando el espacio dentro de su cabeza.

  —Aquí pondré un sofá —dijo se?alando un rincón—, allá una mesa para comer, y justo frente al sofá… un televisor gigante.

  —Sempai, todavía ni firmaste el contrato —replicó Miyu con una ceja arqueada.

  —Detalles —Mochi agitó la mano con aire triunfal—. El destino ya decidió que este será mi nuevo hogar.

  Siguieron recorriendo el departamento hasta llegar a la cocina. Era compacta pero moderna, limpia y con espacio suficiente para tres personas moviéndose sin estorbarse.

  —Tiene horno, estufa, lugar para una heladera y… ?una ventana! —exclamó Mochi, asomándose emocionada.

  Después pasaron a la habitación principal.

  El espacio era sorprendentemente grande, casi desproporcionado para una sola persona. Mochi se imaginó colocando la cama en una esquina, tal vez un escritorio al lado… y aun así quedaría mucho espacio vacío.

  Le recordó cuando jugaba a los Sims, construyendo mansiones absurdas con solo un sofá y una tele en medio. Soltó una risita.

  —?Qué te pasa? —preguntó Miyu con curiosidad.

  —Nada, solo me imaginé decorando el lugar.

  Abrieron el armario empotrado. Era amplio y profundo, con algunas cajas de cartón vacías apiladas al fondo.

  Luego revisaron la segunda habitación, más peque?a, abarrotada de muebles viejos y más cajas.

  —Esta se siente un poco… rara —murmuró Miyu, mirando a su alrededor.

  El último lugar que inspeccionaron fue el ba?o.

  Tenía una tina grande, azulejos brillantes y un espejo impecable.

  —?Miyu! Este ba?o es más grande que el de mi casa —dijo Mochi, asomándose dentro de la tina con los ojos brillando—. ?Mira esto! Podría quedarme aquí toda la tarde sumergida.

  —Sempai, si haces eso, vas a terminar arrugada como una pasa.

  El departamento estaba en perfectas condiciones, salvo por algunas tablas del piso que crujían al caminar. Nada fuera de lo común.

  Mochi se detuvo en el centro de la sala, mirando todo a su alrededor con una sonrisa suave.

  El sol del atardecer te?ía el suelo de tonos dorados y, por un instante, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: hogar.

  —Sí… —dijo finalmente, con voz tranquila pero decidida—. Este será mi nuevo hogar.

  —De acuerdo, sempai… pero si empiezan a flotar cosas en la noche, ?yo duermo contigo!

  —Hecho —respondió Mochi sin dudar, moviendo la cola con entusiasmo.

  El viento sopló suavemente desde el ventanal, moviendo una de las cortinas.

  Demasiado, como si alguien —o algo— acabara de pasar por allí.

  Pero ninguna de las dos lo notó.

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