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Already happened story > The Cat’s Curse (español) > 11. Búsqueda

11. Búsqueda

  El camino hacia la escuela fue muy divertido. Pasé la mayor parte del tiempo charlando con Miyu; resulta que tenemos mucho en común. Mientras hablábamos animadamente, ella giraba su wagasa entre los dedos con una sonrisa despreocupada.

  La brisa era suave, el cielo estaba despejado, y por un momento sentí que todo estaba en calma.

  Pronto llegamos a las puertas del colegio. El exterior se veía vacío y tranquilo; era la primera vez que venía un sábado, y la sensación era extra?a sin el bullicio habitual de los estudiantes.

  —?Apurémonos, Mochi-sempai! —exclamó Miyu con entusiasmo—. Si terminamos temprano, vayamos a una cafetería. Te invitaré un postre para agradecerte por ayudarme.

  —?Genial! Entonces vamos a terminar con esto rápido.

  Entramos al edificio. Miyu echó un vistazo alrededor y se detuvo frente al soporte de paraguas junto a la entrada, ese donde todos los estudiantes los dejan en días de lluvia. Hoy, por supuesto, estaba completamente vacío.

  —Lo dejaré aquí —dijo con confianza, depositando su wagasa en el primer compartimiento disponible.

  —?Estás segura de que está bien dejarlo ahí? —pregunté con cierta duda.

  —No te preocupes, no va a pasar nada malo por dejarlo solo unos minutos —respondió con una sonrisa despreocupada.

  Pero no fueron unos minutos.

  Los trámites terminaron tomando más de una hora. Miyu tuvo que rellenar varios formularios, hablar con dos profesores y visitar la oficina de administración. Cuando por fin salimos, volvimos a la entrada… y el soporte de paraguas estaba completamente vacío.

  —?Eh…? ?Dónde está?! —gritó Miyu, entrando en pánico al instante.

  Buscamos alrededor del soporte, detrás de las puertas, incluso en los rincones, pero el wagasa había desaparecido por completo.

  —M-Mochi-sempai… ?qué hacemos? —preguntó con la voz temblorosa. Sus ojos ya estaban al borde del llanto.

  —Calma. Primero avisemos a la sede, ellos seguramente sabrán qué hacer —propuse, intentando mantener la calma.

  —?No podemos hacer eso! ?Seguro no dejarán pasar que perdí mi arma el día después de que me la entregaron! —dijo, llevándose las manos a la cabeza—. Cuando me la dieron me hicieron repetir al menos diez veces que debía cuidarla… ??y la pierdo al día siguiente?!

  —Está bien, mantené la calma —le dije, apoyando una mano sobre su hombro—. Te ayudaré a buscarla. No creo que esté muy lejos.

  —?Gracias, sempai! —exclamó Miyu, abrazándome de forma repentina y muy fuerte.

  …Me estaba apretando demasiado. Pero no podía decirle que me soltara. Al menos no todavía.

  Ahora… ?qué hacemos?

  Miré a mi alrededor en busca de testigos, pero el colegio estaba tan vacío como antes. No había estudiantes, ni personal de limpieza, ni nadie a la vista.

  —Volvamos a la sala de profesores —sugerí—. Tal vez alguien encontró el paraguas y se lo entregó a un docente.

  Miyu asintió de inmediato y fuimos hacia allí. Tocamos la puerta, explicamos la situación y preguntamos si alguien había entregado un paraguas rojo tradicional.

  Pero no hubo suerte.

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  Sin embargo, no salimos con las manos vacías. Uno de los profesores a cargo nos informó que ese día habían tenido clases suplementarias para un peque?o grupo de estudiantes con bajas calificaciones. Se quejó bastante de tener que pasar su sábado lidiando con chicos que claramente no estaban interesados en aprender.

  "Delincuentes" fue la palabra exacta que usó.

  Y eso me dio una idea.

  —Sensei, ?quiénes eran esos estudiantes que estuvieron hoy presentes? —pregunté con voz educada.

  —?Quién más iba a ser? Honda y su grupo. Siempre los mismos —resopló con fastidio—. Se la pasaron todo el día haciéndome perder el tiempo, sin tomar nada en serio…

  Mientras el profesor seguía desahogando su frustración, me acerqué a Miyu y le susurré al oído:

  —Los conozco. Son un grupo bastante problemático. Pero creo que sé dónde suelen reunirse después de clase.

  —Entonces vamos —dijo Miyu con determinación renovada—. ?Lo recuperaremos!

  —Gracias por su tiempo, sensei. ?Nos retiramos! —me despedí rápidamente antes de que pudiera hacer más preguntas.

  Salimos a toda prisa del colegio, y una vez afuera, Miyu me miró expectante.

  —?Y ahora? ?Hacia dónde vamos?

  —Honda y su grupo son bastante conocidos en la escuela —le expliqué a Miyu mientras caminábamos—. Hace tiempo, Haruka me advirtió sobre ellos. También me dijo que evitara ir a la vieja zona de skate abandonada que está cerca de la zona de obras. Según ella, ahí se reúnen todos esos delincuentes. Así que... ahí es donde debemos ir.

  El sol comenzaba a bajar lentamente, ti?endo los edificios con tonos dorados. El ambiente se sentía algo más tenso, más cargado.

  Mientras avanzábamos por las calles semi desiertas, Miyu me hizo una pregunta que no había considerado hasta el momento.

  —Si resulta que ellos tienen mi paraguas… ?cómo vamos a recuperarlo?

  Me detuve por un segundo a pensarlo.

  —Bueno… podríamos intentar hablar con ellos y pedirles que lo devuelvan.

  —?Y si no quieren?

  —Entonces —dije con decisión— tendremos que recurrir a la fuerza.

  Antes, la sola idea de acercarme a esos tipos me habría paralizado. Honda y su grupo siempre han tenido fama de problemáticos, agresivos incluso. Pero después de todo lo que viví recientemente… enfrentarme a un par de delincuentes de secundaria ya no me parece tan aterrador. No después de enfrentar a una anomalía con colmillos afilados que quería devorarme viva.

  —Miyu, ya estamos cerca. Esta es la zona de obras. Falta poco para llegar al parque de skate.

  A nuestro alrededor se alzaban varios edificios a medio construir. Andamios oxidados, cercas metálicas dobladas, maquinaria abandonada bajo lonas polvorientas. Toda la zona tenía un aire fantasmagórico. Según había escuchado, hubo varios accidentes fatales durante la construcción. La empresa nunca indemnizó a las familias de las víctimas, y todo acabó en una demanda que sigue estancada en la corte. Desde entonces, las obras están suspendidas, atrapadas en un limbo legal. El lugar es perfecto para que se escondan estudiantes problemáticos… o peor.

  Mientras seguíamos caminando, vimos a un joven más adelante, de pie junto a la acera, mirando nerviosamente a su alrededor. Era alto y un poco corpulento, con el uniforme escolar desordenado y manchas de sudor en la camisa. Lo reconocí al instante.

  —Miyu —le susurré, se?alando discretamente hacia él—. Ese es Kuroda. Siempre está con Honda. Acerquémonos.

  Nos aproximamos con paso firme. A medida que nos acercábamos, noté que se veía inquieto. Sudaba, y sus ojos no dejaban de moverse de un lado a otro como si esperara que algo saliera de entre las sombras.

  —Estamos buscando el paraguas de Miyu —dije directamente, sin rodeos—. Sabemos que ustedes estaban en la escuela cuando desapareció. Queremos recuperarlo.

  Kuroda dio un peque?o salto, como si mis palabras lo hubieran sobresaltado más de lo que esperaba.

  —?Q-quiénes son ustedes? ?Qué quieren de mí?

  —Ya te lo dije —repetí con firmeza—. Queremos recuperar una sombrilla. Roja. Honda la tiene, ?no?

  Kuroda apretó los labios, como si no supiera si responder o salir corriendo.

  —Esa sombrilla es muy importante para mí —intervino Miyu, dando un paso al frente. Su voz era suave y amable, y acompa?ó sus palabras con una sonrisa sincera—. No queremos problemas. Solo queremos recuperarla.

  Esa peque?a diferencia en el tono hizo efecto de inmediato. Kuroda bajó los hombros, por fin habia decidido hablar. Su expresión pasó de defensiva a preocupada.

  —Está bien… —dijo al fin—. Les contaré todo lo que pasó.

  Kuroda nos condujo hasta la sombra de un edificio abandonado cercano y allí, con la voz baja y nerviosa, nos contó lo que había pasado.

  Después de salir de la escuela, él, Shōma y su líder Honda estaban de mal humor. Estaban furiosos por haber tenido que asistir a clases un sábado, pero Honda era el más alterado de los tres. Caminaba como una olla a presión a punto de estallar.

  Fue entonces cuando vieron la sombrilla en el soporte de paraguas, justo en la entrada.

  —Era rara —dijo Kuroda—. Brillaba incluso bajo la sombra. Honda pensó que parecía cara… así que se la llevó.

  —?Para qué? —pregunté, con el ce?o fruncido.

  —Para romperla —respondió, encogiéndose de hombros—. Dijo que necesitaba liberar tensiones, y que destruirla lo haría sentir mejor.

  Al principio creyeron que sería como destruir cualquier objeto. Pero cuando Honda se encontró con un tacho de basura metálico al borde de la acera, levantó la sombrilla con ambas manos… y la estrelló con todas sus fuerzas.

  Pero no pasó lo que esperaban.

  —El tacho se abolló como si hubiera sido aplastado por una aplanadora —dijo Kuroda, tragando saliva—, pero la sombrilla… ni un rasgu?o. Ni una sola arruga.

  Miyu palideció ligeramente a mi lado.

  —Honda se emocionó —continuó—. Empezó a reír como un loco. Dijo que era la mejor cosa que había tocado en su vida. Siguió buscando cosas que destruir: rompió una banca de un parque, después una máquina expendedora, y cada vez que golpeaba algo, la sombrilla seguía como nueva.

  Lo miramos en silencio, y en su rostro había algo más que simple nerviosismo. Había miedo.

  —Pero lo peor… fue cómo empezó a actuar después —dijo Kuroda, bajando la voz aún más—. Se volvió raro. Más agresivo de lo normal. Empezó a hablar solo, como si escuchara voces. Decía que con esa sombrilla nadie podría detenerlo. Que haría que todos se arrodillaran ante él.

  Me giré hacia Miyu y le susurré con tono serio:

  —Las armas que usamos están hechas a partir de anomalías. Si alguien que no está preparado las utiliza… su mente se corrompe. —Era exactamente lo que Haruka me explicó cuando me entregó los nudillos. Ahora lo estaba viendo con mis propios ojos.

  —Cuando empezó a reírse solo, a golpear postes de luz y a gritar que era invencible… me asusté. Shōma intentó calmarlo, pero Honda lo empujó al suelo. Fue entonces cuando me alejé. No quería estar cerca cuando se le ocurriera probar su sombrilla conmigo.

  —?Dónde está ahora?

  —En el viejo parque de skate, al otro lado de la zona en construcción. Estaba con Shōma, pero no sé si sigue allí… No me animé a volver.

  Miyu me miró con preocupación.

  —Tenemos que ir. Si sigue usando esa sombrilla, podría lastimar a alguien.

  Asentí con decisión.

  —Guíanos, Kuroda. Vamos a recuperar lo que es tuyo, Miyu.

  Kuroda dudó un segundo… pero luego, con un gesto firme, comenzó a caminar.

  —Está bien. Les mostraré el camino.

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