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Already happened story > The Cat’s Curse (español) > 22. Operación: Infiltración Universidad S - Enfrentamiento en la azotea

22. Operación: Infiltración Universidad S - Enfrentamiento en la azotea

  El aire se tensó cuando Ami levantó el bidón de combustible, inclinándolo sobre Miyu con una sonrisa torcida. Pero justo antes de que el líquido la empapara, un chasquido se escucho.

  ?CRACK!

  Algo salió disparado desde la oscuridad y golpeó con fuerza las manos de Ami. El bidón cayó al suelo, rodando unos metros antes de detenerse. Era la cuerda de Zeke, que la había lanzado como un látigo con precisión quirúrgica.

  —?Miyu, te encuentras bien? —la voz de Mochi atravesó la tensión mientras corría hacia ella, con los ojos abiertos de pánico.

  —?Sempai! —respondió Miyu con alivio, jadeando—. Estoy bien… ahora que estás aquí.

  Mochi se arrodilló a su lado, ignorando por completo a Ami. Sus manos temblaban mientras forcejeaba con los nudos que sujetaban a Miyu, hasta que logró aflojarlos. Fue entonces cuando lo vio: las marcas rojizas rodeando el cuello de Miyu, aún frescas.

  El corazón de Mochi se encendió de rabia. Sintió la sangre hervir en sus venas, y su mandíbula se tensó con fuerza. Te haré pagar por esto… lo juro.

  Mientras tanto, Zeke dio un paso firme hacia adelante, interponiéndose entre Ami y las chicas.

  —Se acabó el juego —gru?ó.

  Pero Ami soltó una carcajada seca, casi animal. Con un movimiento brusco, recogió el bidón caído, lo levantó sobre sí misma y lo volcó sin dudar. El olor penetrante del combustible impregnó el aire mientras la mezcla la empapaba de pies a cabeza.

  —?Está loca! —susurró Miyu con horror.

  Ami alzó la cabeza y, sin dejar de sonreír, sacó un fósforo de su bolsillo. Con un simple chasquido, lo encendió y lo dejó caer sobre su propio cuerpo.

  Las llamas la devoraron de inmediato. Pero no hubo gritos de dolor. Al contrario, Ami extendió los brazos como si recibiera un cálido abrazo. El fuego la envolvió con violencia, iluminando la azotea.

  Ante la mirada atónita de todos, su cuerpo comenzó a deformarse. La piel se agrietó y ennegreció como carbón incandescente, los músculos se desgarraron y crecieron desproporcionadamente. Los huesos crujieron con un sonido nauseabundo mientras su estatura se elevaba hasta casi duplicar la altura de una persona promedio.

  Cuando el fuego finalmente tomó forma, ya no quedaba rastro de Ami. Frente a ellos se alzaba una criatura descomunal, de torso ancho y brazos como troncos, envuelta en llamas. Su piel ardía como brasas, resquebrajada y luminosa, con grietas incandescentes que latían como venas de magma.

  Una anomalía había nacido.

  El monstruo los miró con ojos ardientes, y la voz que emergió de su garganta era un rugido que hacía vibrar el suelo.

  —??ARDAN CONMIGO!!

  Mochi apenas había logrado soltar el último nudo de Miyu cuando un rugido resonó desde el frente.

  La anomalía, envuelta en fuego ardiente, lanzó con un movimiento de su brazo una enorme bola de llamas directo hacia ellas.

  Stolen story; please report.

  —?Cuidado! —gritó Zeke, adelantándose.

  Su cuerda silbó en el aire, cortando el fuego en dos con un látigo preciso. La esfera explotó en un estallido de chispas que se dispersó en el aire.

  —?Tú crees que con esos fueguitos vas a asustar a alguien? —rió Zeke con un gesto burlón.

  La anomalía gru?ó y lanzó otra bola de fuego aún más grande. Pero el resultado fue el mismo: la cuerda la reventó como si fuera un globo de llamas.

  —?Tsk! ?Insolente! —bramó el monstruo.

  Esta vez no se conformó con ataques a distancia. Con un rugido, se abalanzó hacia Zeke con un pu?etazo envuelto en fuego azul.

  Zeke giró con agilidad, esquivando el golpe.

  —?Eso era todo? Ni me…—

  No alcanzó a terminar la frase. El pu?o explotó en una llamarada azul, expandiéndose como una bomba de calor.

  —?Mierda! —Zeke se vio obligado a saltar hacia atrás. Aunque esquivó la explosión directa, la onda de calor abrasador le provoco una tos seca de los pulmones.

  —Khh… eso sí que quema…

  El monstruo sonrió con malicia, disfrutando del sufrimiento. Clavó el pie en el suelo con tal fuerza que las baldosas crujieron, y arrastró la pierna hacia atrás. Cada movimiento alimentaba las llamas que envolvían su extremidad hasta formar un remolino ardiente.

  —?ARDE! —rugió lanzando una brutal patada.

  De su pierna surgió una ola de fuego que se extendió como un tsunami incandescente hacia Zeke.

  —??Pero qué demonios…!? —Mochi lo miraba horrorizada desde la distancia.

  Zeke, todavía recuperando el aliento, vio la ola de fuego acercarse. No había manera de esquivar saltando otra vez.

  Y sin embargo, sonrió.

  —Heh… bonito truco. Ahora mira el mío.

  Su cuerda silbó, extendiéndose como una serpiente viva hasta engancharse en la barandilla de la azotea. Con un tirón, Zeke se propulsó como un proyectil, atravesando el aire en un salto imposible justo cuando la ola arrasaba el lugar donde estaba.

  —?Demasiado lento, fogata andante! —se burló mientras caía con gracia sobre otra sección de la azotea.

  Pero no tuvo tiempo de disfrutar su haza?a. A su espalda escuchó pasos desordenados y gru?idos guturales.

  —Tch… ?qué carajos?

  Cuatro figuras se acercaban corriendo, envueltas en cicatrices y piel quemada, con el olor de carne chamuscada impregnando el aire. Se trataba de los estudiantes que la anomalía forzó a suicidarse momentos antes ahora convertidos enesbirros que le obedecían, humanos consumidos por su fuego.

  Zeke giró sobre sí mismo y agitó la cuerda con rapidez.

  —?Fuera de mi vista, zombies baratos!

  El primer golpe estalló en la cabeza del más cercano, mandándolo al suelo. El segundo azotó en el pecho del siguiente. Con un tercer y cuarto chasquido, derribó a los últimos dos golpeándolos en las piernas, haciéndolos rodar contra el suelo como mu?ecos.

  —?Y ni siquiera me hicieron sudar! —rió, sacudiendo la cuerda con arrogancia.

  La anomalía rugió con furia, las llamas envolviéndolo cada vez más violentas.

  —?Arderás conmigo, insecto insolente!

  Zeke apenas había terminado de derribar a los cuatro esbirros cuando un crujido estremeció la azotea.

  La anomalía hundió su pie en el suelo con tal violencia que las baldosas se quebraron como cristal, como resultado grietas se extendieron por el suelo de toda la azotea de ellas comenzó a escapar un brillo rojo, incandescente, como si bajo sus pies corriera un río de lava.

  —Oh, no… —Zeke frunció el ce?o, retrocediendo.

  —?QUEMA CONMIGO! —rugió el monstruo.

  Un segundo después, un pilar de fuego estalló desde las grietas, envolviendo por completo a Zeke en un torbellino ardiente.

  —?Zeke! —gritó Mochi, desesperada, mientras todavía forcejeaba con los nudos de Miyu.

  El fuego devoró el aire durante varios segundos que parecieron eternos. Cuando por fin se disipó, el techo estaba calcinado y agrietado, con un intenso vapor elevándose de las baldosas negras.

  Pero en el centro… Zeke seguía de pie.

  A su alrededor, un círculo perfecto marcado por su cuerda brillaba levemente, y de él se extendía una pared semitransparente, como un cristal opaco que chisporroteaba con restos de energía. El escudo duró apenas un parpadeo más antes de romperse en miles de partículas que se deshicieron en el aire.

  Zeke se dobló un poco hacia adelante, jadeando.

  —Khh… maldita sea… no soy bueno en la defensa… —se llevó la mano al pecho, recuperando el aliento.

  —Si sigo gastando energía de esa forma estare en problemas.

  El gru?ido de los esbirros lo sacó de sus pensamientos. Aquellos cuatro cuerpos carbonizados, tambaleantes y sin voluntad propia, se levantaban otra vez. Sus ojos vacíos ardían con un brillo rojizo mientras se lanzaban contra él como perros rabiosos.

  —?Otra vez ustedes? —Zeke giró la cuerda, listo para contraatacar—. Ya me estoy cansando de…

  —?No, déjalos a nosotras! —interrumpió la voz de Mochi.

  Zeke giró la cabeza y vio a Mochi y Miyu saltar al frente, interponiéndose entre él y las aberraciones. Mochi tenía las manos envueltas en los nudillos rojos como la sangre. Miyu sostenía su sombrilla wagasa frente a ella, firme y decidida.

  Mochi le sonrió con esa terquedad suya.

  —?Encárgate de la fogata grande, déjanos a los peque?os a nosotras.

  Miyu asintió, desplegando su sombrilla como un muro.

  —Zeke-san, confía en nosotras. Déjanos cubrirte.

  Por primera vez en toda la pelea, Zeke se quedó en silencio unos segundos, mirándolas de reojo. Luego soltó una carcajada ronca.

  —No vayan a morir que eso me haría ver como un mal maestro.

  Los cuatro esbirros rugieron y cargaron hacia ellas.

  —?Vamos, Miyu! —gritó Mochi, adelantándose con un salto, sus pu?os brillando.

  —?Entendido, sempai! —respondió la Miyu con determinación, alzando su sombrilla para bloquear el primer golpe.

  Zeke, detrás de ellas, enderezó la espalda, giró la cuerda entre sus manos y volvió su mirada hacia la anomalía en llamas, que lo esperaba con una sonrisa sádica.

  —Entonces… tú y yo, cara a cara —murmuró, ladeando la cabeza con una sonrisa confiada—. Veamos quién queda en pie al final.

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